Por: Santiago Montenegro

Lecciones de la historia política

EN COLOMBIA, MUCHOS INTELECtuales y políticos profesionales, de derecha o de izquierda, menosprecian la historia política. Hay una actitud, casi generalizada, de que de nuestro pasado no tenemos nada que rescatar.

De que nuestra historia es una acumulación de errores, de injusticias, de explotación, de entrega a los intereses del imperialismo, o de que no hemos salido aún de la colonia. Que se han cometido muchos errores y que no hemos resuelto muchos problemas, no puede caber la menor duda. Pero, ¿es que no hay nada que aprender del pasado?

Hacía estas reflexiones después de que varios lectores me increparon porque, hace un par de semanas, hice unas referencias a Aquileo Parra, un presidente del llamado liberalismo radical, de la segunda mitad del siglo XIX. Como ejemplo, quiero plantear dos lecciones que he aprendido de esos gobiernos que conformaron el también llamado federalismo del siglo XIX. En primer lugar, el federalismo creía que el poder del gobierno central debía ser limitado. Esa idea era y es consistente y consecuente con un país que siempre ha sido de regiones fuertes y autónomas, apartadas unas de otras por las distancias y por una de las geografías más abruptas del planeta. Posteriormente, cuando leí los libros de Gerardo Molina y los de los italianos Norberto Bobbio y Giovanni Sartori, aprendí que, en tanto el modelo democrático es una respuesta a la pregunta de quién debe gobernar, el liberalismo es una respuesta a la pregunta de cómo se debe gobernar. Y responde que se debe gobernar con límites, que los pesos deben tener contrapesos, que el poder debe estar limitado, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo, que debe haber separación de poderes. Eso creyeron los gobiernos liberales de ese período y lo elevaron a valor supremo. Y ese fue, quizá, su error, porque no ponderaron suficientemente otros valores, como la paz o la unidad de la nación. Así, disminuyeron exageradamente el poder del gobierno central, consagrando el derecho a la rebelión de los Estados Federales y creando una enorme inestabilidad y zozobra. Sin proponérselo, fueron también responsables de lo que vino después, de la llamada Regeneración y sus propios excesos. Pero, pese a sus errores, fue una época de tolerancia, de libertad de expresión, de misiones extranjeras que modernizaron la educación, de apertura al mundo y de crecimiento económico.

Pero esos gobiernos liberales son también muy atrayentes por el talante de sus protagonistas. Salvo Murillo Toro, que fue un político de tiempo completo, los otros presidentes y muchos dirigentes del federalismo fueron personas comunes y corrientes, comerciantes, campesinos, profesores de colegio. Para ellos, la política —y la guerra— era algo accesorio en sus vidas, una responsabilidad que asumieron porque les tocó, casi con disgusto, pensando siempre en retornar a sus familias, a sus pequeños negocios, a sus vidas simples de campesinos o a dictar clases en los colegios de secundaria. Este modelo es difícil de entender en el mundo de hoy, cuando la política se volvió un oficio profesional, de mucha plata y de tiempo completo. Cuando pienso en la inmensa vocación de servicio de cientos de jóvenes que prefieren trabajar en el sector público, aun sacrificando mayores ingresos en el sector privado, pienso en los gobiernos del federalismo. Cuando observo los matemáticos y filósofos que han llegado a las alcaldías de Bogotá y Medellín y a las de otras ciudades, y a los docentes y profesionales que se han logrado vincular a la política, también recuerdo el espíritu y el talante de los presidentes del federalismo. Esas son lecciones que todos deberíamos aprender para el bien de Colombia y de nuestra democracia.

 

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