Por: Arlene B. Tickner

Lecciones de Libia

El final sangriento y aún no esclarecido de Muamar Gadafi estaba cantado. ¿Cuál otro podría imaginarse para quien tildó a los manifestantes de “ratas”, amenazó con “cazarlos” casa por casa y prometió “quemar a toda Libia” si no cesaban los intentos por derrocarlo?

Mucha tinta se ha gastado discutiendo los retos que enfrenta Libia ahora que el “rey de reyes” está muerto. La ausencia de una infraestructura institucional que permita restablecer el orden y la seguridad, el vacío de poder y autoridad, las divisiones dentro del Consejo Nacional de Transición (CNT) y los bajos niveles de cohesión socio-política son algunos de ellos, mientras que la riqueza petrolera y el tamaño pequeño de la población representan posibles ventajas.

De igual importancia son las lecciones generales que deja este caso. Aunque suene bastante cliché, la conducta de Francia, Italia, Gran Bretaña y Estados Unidos pone sobre el tapete la hipocresía con la que los países actúan en política internacional. Quienes hoy hacen gala de la liberación de los libios del “tirano”, ayer ignoraban sus abusos con tal de hacer negocios con él.

El enamoramiento occidental con Gadafi —quien de la noche a la mañana mutó de “paria” a líder “respetable”— se inició en 2003, cuando éste reconoció su participación en el bombardeo de Lockerbie, Escocia, y abandonó su programa nuclear. Al año, sus relaciones externas se habían normalizado, permitiendo no sólo el comercio con Libia —que tiene las reservas de petróleo más grandes de África—, sino también la venta de armas y equipos. Los mismos con los que Gadafi atentó contra su propia población ante las primeras señales de protesta. No es difícil ver que el principal interés de los que lideraron la misión de la OTAN fue asegurar su influencia sobre el nuevo régimen y no la protección de los civiles ni la defensa de la democracia.

Libia plantea también dilemas desde una lectura crítica de izquierda. Por un lado, los pocos que defienden la memoria de Gadafi ignoran que las políticas antiimperialistas que éste promulgó en el pasado fueron abandonadas en la práctica una vez pactara su reconocimiento por Occidente. Hasta los cables de Wikileaks descartan la autenticidad del discurso del líder libio, que mientras en privado pedía más cooperación militar con Estados Unidos, en público hacía gala de sus alianzas con gobiernos antiamericanos.

Por el otro, algunos críticos del operativo militar parecen atrapados en una falsa dicotomía, consistente en que reconocer la necesidad de los rebeldes de obtener ayuda externa en función de la democratización no equivale a admitir que la intervención haya sido de carácter humanitaria. Sencillamente, el cambio de régimen no hubiera sido posible sin la confluencia de una fuerte oposición interna a Gadafi y la intervención internacional.

Finalmente, el caso establece un precedente complejo para la ONU. Aunque la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad se aprobó en aplicación del concepto de la responsabilidad de proteger (R2P), la OTAN convirtió R2P en una oportunidad para derrocar a Gadafi. No sólo sorprende que el mandato del Consejo de Seguridad se haya violado, sino que la Organización no se haya pronunciado al respecto. Hasta qué punto ello incide en la futura aplicación de R2P, que obedece a estrictos criterios humanitarios, queda por verse.

 

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