Por: César Rodríguez Garavito

Lecciones del éxito del impuesto a las bolsas plásticas

El éxito del impuesto a las bolsas plásticas es una buena noticia por doble partida. Contra la industria y los críticos, demuestra que los impuestos sí funcionan para desestimular el consumo de productos nocivos para el ambiente y la salud. Contra los escépticos que piensan que estamos condenados al apocalipsis ambiental, comprueba que los acuerdos sociales y las regulaciones adecuadas sí pueden marcar la diferencia.

Comienzo por lo primero. Recuerdo que cuando, en 2016, defendí en esta columna el proyecto de ley del senador Antonio Navarro que gravaba con una suma modesta a los consumidores de los millones de bolsas que se usaban innecesariamente en supermercados, droguerías y otros lugares, varios críticos señalaron que la medida no funcionaría. Lo mismo han dicho sobre propuestas similares, como cobrar un impuesto a las bebidas azucaradas y los alimentos ultraprocesados.

Pues bien: como lo señaló un editorial reciente de este diario, en apenas año y medio se ha reducido a la mitad el número de bolsas que usamos los colombianos, gracias a los $40 que hoy se cobran por cada una de ellas. Y la DIAN recaudó cerca de $20.000 millones solo en el primer año de vigencia de la ley. Negocio redondo: gana el ambiente, gana la salud pública y gana el presupuesto nacional.

Lo cual me lleva a la segunda lección alentadora: sí es posible cambiar los hábitos de consumo y dar marcha atrás a conductas arraigadas que causan daños ambientales. Buena parte de esas conductas son recientes y pueden ser reversadas. La generación de los abuelos creció con contenedores de vidrio y la cultura de remendar y reutilizar. Solo quienes nacimos después de los años 70 entramos en la sinrazón de pagar por tomar agua embotellada en recipientes de plástico en lugares donde el agua potable sale del grifo. O comer papas fritas y otros alimentos artificiales en bolsas ídem, o usar champú empacado en envases que se usan una sola vez. O comprar productos de plástico empacados en bolsas del mismo material.

De hecho, la mitad de los plásticos del mundo se ha producido desde el año 2000. Su duración, en cambio, se mide en el largo plazo. La bolsa de plástico promedio es usada 12 minutos, pero puede tardar 500 años en degradarse.

El resultado han sido las islas de toneladas de plástico que flotan en el Pacífico, las botellas de gaseosa o de yogur que afean hasta los senderos más alejados de las montañas más hermosas, o las tapas de recipientes que se tragan pájaros y peces. Hay que tener mucho estómago para ver las fotos de las pilas de plástico que se han encontrado en los estómagos de estos animales muertos.

Si en un par de años pudimos dejar de consumir la mitad de las bolsas de plástico, seguramente podemos también dejar de consumir la otra mitad. Y si el Congreso tiene el valor de tomar medidas similares, algo parecido puede pasar con otros productos nocivos para el ambiente y la salud, desde los recipientes de icopor hasta la comida chatarra.

Le puede interesar: "Vía al Llano: crónica del abandono a una región"

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2019-07-05T02:30:00-05:00

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