Por: Arlene B. Tickner

Lecciones del mundo para el Bronx

Según UN-Habitat, de la mitad de la población mundial que reside en las ciudades, un tercio vive en barrios miseria, mientras que en 2030, el número de habitantes de tugurios puede ascender a más de 2.000 millones.

Para autores como Saskia Sassen, Mike Davis y David Harvey se trata de uno de los peores legados del neoliberalismo cuyos rasgos en común, sin importar su ubicación geográfica, incluyen la infravivienda, la falta de servicios públicos como el agua potable, el alcantarillado y la electricidad, la miseria, la drogadicción y el alcoholismo, la enfermedad, la criminalidad, y el trabajo y la prostitución infantiles.

Desde los años noventa, Estados Unidos y países europeos como Alemania, España, Francia, Gran Bretaña y Países Bajos, y otros del Sur global, incluyendo Bangladesh, Brasil, India y Sudáfrica, han ensayado distintas estrategias de regeneración urbana para atender este crítico y creciente problema. A diferencia del enfoque tradicional del “buldócer”, consistente en la demolición, la intervención policial o militar y el desalojo poblacional, los casos exitosos resaltan la interconexión entre las políticas económicas, sociales y de seguridad; la desestigmatización de los residentes no criminales; la participación de éstos, junto con la de otros stakeholders como las ONG, el sector privado y la academia, en la toma de decisiones; y la desagregación espacio-social.

Inclusive en aquellos casos en que el tráfico de drogas u otras prácticas ilegales exigen una política represiva, la experiencia demuestra que ésta resulta insuficiente si no se inserta dentro de una visión más holista. Además de ser cortoplacista su impacto sobre los índices de crimen, provoca el desplazamiento del delito, junto con el de la indigencia y la miseria, de un lugar a otro. El ejemplo de las Unidades de Policía Pacificadora (UPP), desarrolladas para combatir el microtráfico y el crimen organizado en las favelas de Río de Janeiro, es ilustrativo en ese sentido. Pese a ser publicitadas como un modelo más amable y de largo plazo, la atención a las necesidades básicas de los barrios intervenidos se ha evaporado una vez la violencia en ellos se reduce, la brutalidad policial ante los habitantes jóvenes ha continuado y los actores criminales han migrado a otras favelas.

Como en muchos otros tugurios, en el Bronx de Bogotá se entremezclan el microtráfico y otras formas de criminalidad, la drogadicción, la indigencia y distintas actividades tanto ilícitas como legales de subsistencia. Pese a la supuesta experticia de la administración municipal, parecen repetirse las fórmulas erradas del pasado sin tener de presente algunas lecciones aprendidas alrededor del mundo. Éstas sugieren un equilibrio sano entre las medidas “duras” y “blandas” en aras de construir la regeneración en términos físicos y de la seguridad, con la consecuente recuperación del espacio público e impulso de actividades productivas como el comercio y el turismo, sin desatender las necesidades vitales de los sectores más vulnerables de las ciudades y, con ello, promover la justicia social y espacial.

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