Por: Luis Carvajal Basto

Lecciones desde Cataluña

Como en el Brexit, mitos, creencias, emociones y sentimientos pesan más que cualquier análisis racional. Pierden las instituciones; el Estado de derecho, es decir, la gente. Ganan, temporalmente, los malos políticos que hoy tienen a Cataluña dividida. ¿Asoma el feo rostro de una Cataluña xenófoba?

Una de las características  de este periodo global y digital es la debilidad del Estado nación y el régimen político que vive un periodo de transición, empujando  cambios en la cultura  y las conductas ciudadanas. Por eso  que de entrada parece regresivo reivindicar una cultura que hace rato perdió su estado, digamos, “puro”, o su esencia, en una época en que echamos de menos la existencia de instituciones con alcance más global, que se correspondan con lo que ocurre con la tecnología, la economía y casi todas las actividades humanas.

Además de los gritos encontrados, y enconados, que observamos ahora por los manifestantes, España ha sido capaz  de  conseguir unos niveles de bienestar y crecimiento que hace unas décadas nadie imaginaba. ¿Alguien se quiere ir de allí?, ¿Para dónde?, ¿Vale la pena?

No se puede perder de vista la manera en que España, nuestra madre patria, pudo resolver sus conflictos políticos  congelados  luego de 40 años de dictadura, hasta reconocer la figura del Rey demócrata, por paradójico que suene, si recordamos que la democracia superó y enterró a las monarquías. Fue la buena política, que en ese momento contó con  gigantes en el arte de hacer transacciones, como Adolfo Suarez y el mismo Rey Juan Carlos quienes poco se parecen a los políticos de hoy día. Y lo que necesitan hoy España y Cataluña es buena política y no confrontación.

Se calcula, y esgrime como argumento independentista, que el 20% del PIB español se genera en Cataluña. Pero no deviene de una actividad autónoma: se trata de inversiones y productos que circulan y tienen origen y destino en el mundo y no solo en Cataluña, España o Europa. En un momento en que la Unión Europea acusa el  golpe del Brexit, funciona , sin embargo, como un seguro que garantiza la unidad nacional española: Si se independiza  Cataluña quedaría marginada del entorno que hoy  permite  sus condiciones de vida, producción y comercio.

Apenas conocida la inminencia de una declaración independentista  por parte de las autoridades catalanas,  bancos e inversionistas, tan importantes como el Sabadell o la Caixa, anunciaron su traslado de sede hacia Valencia u otras latitudes al interior del Estado Español. No hacen falta adivinos para pronosticar lo que pasaría con la industria, más difícil de mover rápidamente, o los empleos. Ese argumento de disuasión, al final, será más fuerte que las cargas de la Guardia Civil.

Así lo han entendido  políticos independentistas como Artur Mas, heredero consentido de Pujol y antecesor y “Jefe” de Carles Puigdemont. En una reciente declaración dijo que Cataluña no estaba preparada para una independencia real. Algo así como reconocer que el optimismo generado por los éxitos deportivos del Barsa es importante pero no alcanza para sostener a un gobierno o demostrar la capacidad autónoma de una región, en una época en que ni siquiera Corea del Norte, dictador loco y armamento nuclear incluidos, puede presumir de serlo, cuando menos mientras no prosperen por completo los anacrónicos, irracionales y demagógicos nacionalismos a lo Putin, Trump o el ahora desaparecido Boris Johnson, populistas y  xenófobos vergonzantes.

Así que Cataluña independiente no es y no será, por ahora y por las mismas razones, en una época en que ningún país lo es. Es una mentira populista.

Para nosotros, orgullosos miembros de una cultura hispana universal que nos permite conversar con casi 600 millones de personas desparramadas por el mundo, renunciar al castellano sería absurdo. Pudimos, en su momento, derrotar la Monarquía  solo para que muchos añoraran el estatus  de “españoles americanos” que nos “otorgó” la Constitución de Cádiz en 1812. Aun así, como dice un viejo proverbio español que heredamos, debemos de lo “malo sacar lo bueno”. Lecciones de lo malo que hoy ocurre en nuestra bella Cataluña.

Y la primera es desconfiar de los malos políticos; aquellos que renunciaron a su nacionalismo mientras se llenaban sus bolsillos, como Jordi Puyol, o  sus sucesores, como Más o Puigdemont, que no vacilan en manipular pasiones para perpetuarse y no “repartir” con el Estado español, aunque acaben con la tranquilidad y bienestar de la gente y, de paso, con su gallina de los huevos de oro.

Y una lección a partir de nuestra propia experiencia, escrita con tragedia y dolor: El dialogo es mejor que la imposición; mucho mejor antes de la violencia y  los tiros.

@herejesyluis

 

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