Costas extrañas

Lecciones eróticas entre dos hermanas y un hombre

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El cortador de cañas de Junichiro Tanizaki es una obra maestra que tiene la singularidad de no superar las cien páginas. Es una joya diminuta y bien tallada, como una hormiga laboriosa que carga una tonelada de oro.

El librito fue escrito cuando Tanizaki, que nació y murió en Japón, tenía casi cincuenta años y cerca de diez novelas publicadas. En la primera mitad, el narrador, un hombre culto, solitario y escritor de versos, relata su viaje al santuario de Minase. A medida que se acerca al santuario, el paisaje le recuerda algunos pasajes literarios que le ayudan a reconstruir una vieja época en apariencia difunta. “Sumido en esas reflexiones, vagaba mi fantasía dibujando visiones de aquellos tiempos, y en lo hondo de mis oídos sonaban los ecos de las cuerdas y los vientos, el murmurar de las aguas del lago, y al final hasta las voces felices de nobles y cortesanos”.

El narrador está en una franja entre el pasado y el presente, o entre la nostalgia y la resignación, que es lo mismo. Cuando ve el río, imagina a las cortesanas que en otro tiempo lo navegaban; cuando se sienta justo donde antes se alzaba el palacio del emperador, concibe sin esfuerzo a Su Majestad al borde del río, en su pabellón de pesca, divirtiéndose. El pasado vuelve sin cesar, como si en un mismo espacio se mantuvieran vivas varias épocas. El pasado no ha pasado.

Esa franja intermedia se manifiesta también en otros detalles que demuestran la sutileza de Tanizaki y, de paso, su inteligencia narrativa. Al final de su viaje, el narrador llega a la línea divisoria entre Kioto y Osaka, a un cruce de caminos por donde “todo el que viaje en una u otra dirección” tiene que pasar. El narrador está cerca de cumplir cincuenta años de edad; el viaje ocurre a principios de otoño; este es el relato de su ascenso a una edad madura pero también de su inevitable descenso. “Según se hace uno viejo va llegando una especie de resignación, una disposición a aceptar el propio declive de acuerdo con las leyes de la naturaleza, y se llega a desear una vida tranquila y equilibrada, ¿no es verdad? Y entonces reconforta más un paisaje melancólico que una vista esplendorosa, y preferimos perdernos en el recuerdo de placeres pasados antes que entregarnos al placer real”.

Tanizaki arma con espontaneidad esas imágenes que sugieren y al mismo tiempo esconden, quizás las más difíciles de concebir en cualquier obra literaria. Esta, por ejemplo, que ocurre cuando el narrador se sienta a admirar el río Yodo: “Aguas abajo tenía su extremidad justo en frente de mí, pero aguas arriba se perdía en la vastedad del crepúsculo, como si no acabara nunca”. En efecto, el narrador describe el río, pero al mismo tiempo está hablando de un instante de su vida, cuyo inicio puede indicar con certeza pero cuyo final es aún brumoso.

Pasa igual cuando habla de alguien a quien escucha cantar: “Ni su voz era potente, ni se habría podido decir que fuera hermosa, pero era una voz educada, de una sobriedad elegante. Su manejo seguro hacía sospechar muchos años de práctica”. De repente, mientras se refiere a otro personaje, Tanizaki está calificando su propia voz literaria.

Ya entrada la noche, el narrador se detiene para ver la luna y descubre que un hombre lo espía entre los cañaverales. El hombre se presenta y, entre tragos de sake, cuenta la historia increíble que ocupa la segunda mitad del libro.

Su padre, Shinnosuke, se enamoró años atrás de la señorita Oyu, una joven viuda con un bebé. Por tradición, Shinnosuke se abstuvo de pedirle matrimonio, pero su hermana le sugirió que se casara con la hermana menor de Oyu, Oshizu, y así tendría siempre oportunidad de verla. Se casaron y casi de inmediato Oshizu se ofreció a ser su esposa “sólo de nombre” para que él pudiera disfrutar de su amor correspondido con Oyu.

El relato se vuelve entonces erótico. Los tres —Shinnosuke, Oshizu y Oyu— pasan juntos tanto tiempo que se convierten de repente en un trío sensual. Es un erotismo en decadencia, o en suspenso, que se preserva gracias a ciertas obsesiones fetichistas. En una ocasión, por ejemplo, la señorita Oyu se queja de tener los senos hinchados por la leche y Oshizu —cuya devoción por su hermana es casi romántica— le ayuda a extraerla en presencia de Shinnosuke. “Estoy acostumbrada a beberle la leche”, dice Oshizu y poco después le ofrece probarla. Lo mismo sucede cuando Oyu le pide a su hermana que le caliente los pies en su cama; el sexo parece estar a un paso, pero nunca ocurre. Los tres duermen en un mismo cuarto y, sin embargo, nunca se tocan. Sugerir el placer sin llegar a consumarlo: de eso se trata la nostalgia.

La primera y la segunda parte de El cortador de cañas están en apariencia desconectadas. Sin embargo, todos sus personajes tienen en común un deseo que sólo se cumple en un territorio fronterizo, gris e indefinible: el narrador inicial acude al pasado para consolarse ante un presente que encuentra nebuloso; Shinnosuke y Oshizu echan mano de la fantasía erótica para alcanzar, al menos en parte, su deseo amoroso. Todo eso con una prosa clara, sugerente y elegante que Tanizaki pone a la orden de lo inexplorado: “Cada cual ve la naturaleza a su manera, y habrá quizá quien piense que esa clase de paisaje no merece una mirada. A mí, por el contrario, son esos montes y esos ríos vulgares, ni majestuosos ni incomparables, los que me invitan a una dulce ensoñación y me dan ganas de quedarme para siempre”.

CODA

Es una lástima que la traducción de El cortador de cañas al español, de Ediciones Siruela, esté basada en la versión inglesa y no en la versión original en japonés. Es probable que en el trasteo de lenguas se haya perdido mucho. Quienes quieran explorar una traducción directa pueden leer Cuentos de amor en editorial Alfaguara.

 

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