Lecciones no aprendidas

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Una cosa es ir a clase, y otra muy distinta es aprender la lección. En cuanto al coronavirus y a sus estragos en los pueblos y en las economías del mundo, está claro que toda la humanidad ha ido a clase, a la fuerza y a escobazos, pero muy pocos países y muy pocas personas han aprendido la lección.

Y las consecuencias de esa dificultad de aprendizaje están por venir.

La mayor parte de los países están empezando a relajar las normas del confinamiento para reactivar sus mercados. Es entendible el afán, dado que se trata de la peor crisis económica desde la Gran Depresión de los años 30. Un solo dato pone en relieve la gravedad del momento: durante el conflicto más sangriento de la historia, la Segunda Guerra Mundial, al cabo del cual murieron unos 75 millones de personas, no se cerraron las economías del mundo. En cambio, ahora la inmensa mayoría de las mismas frenaron en seco y se han despeñado en caída libre. O sea: esto es en serio.

Sin embargo, muchos no se han percatado de la gravedad de la crisis. Países como México y Brasil, con líderes populistas e irresponsables que han preferido minimizar la amenaza del virus, están sufriendo miles de contagios y de muertes que se habrían podido evitar, si desde las más altas esferas de gobierno sus líderes hubieran actuado de manera compasiva y sensata. Y un país como EE. UU. está abriendo su economía en forma prematura, sólo porque el presidente está pensando en las próximas elecciones y no quiere ser castigado en las urnas, acusado de ser responsable de la crisis económica. A Trump no le importa que mueran miles de personas con tal de ganar la reelección y, a pesar de la severidad de esta calamidad, eso no le ha impedido, en sus erráticas y alarmantes ruedas de prensa, hacer chistes. Como cuando habló de los modelos de pronósticos del virus y dijo que de esa clase de modelos él sabía poco, pero que de otro tipo de modelos, e hizo un guiño lascivo, él sí sabía mucho. Me pregunto qué habría pasado si en plena crisis económica del 2008 el presidente Obama hubiera echado un solo chiste. Todos los republicanos, que ahora aplauden cada aberración de su jefe de partido, lo habrían linchado.

Aun así, la lección del virus no se ha aprendido. Se nota a diario. Donde vivo ya están relajando las normas del encierro, y he visto grupos de ciclistas, diez pedaleando juntos, que a su vez frenan para, todos unidos, tomarse un selfi. Cero distanciamiento social. He visto a adultos y adolescentes andar descalzos por la calle. Y no por falta de zapatos y de opciones, sino porque les parece divertido. ¿En serio? ¿Descalzos? ¿Ahora? He visto a una madre llevar a su hijo al parque, presionar el botón metálico del semáforo con la mano desnuda para pedir el cambio de luz y, acto seguido, coger de la mano a su hijo de cuatro años. Y he visto mil ejemplos más, que confirman que muchos siguen actuando como si fuera la misma vida de antes. Me pregunto qué tiene que pasar, o mejor, que MÁS tiene que pasar, para que la gente le dé a esto la seriedad que merece.

Lo he dicho antes y lo repito ahora: este virus no perdona errores, por pequeños que sean. Cada falla no sólo pone en peligro la vida de la persona y de su familia, sino de toda la comunidad. De modo que actuar así es el colmo del egoísmo. Un egoísmo criminal.

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