Por: Armando Montenegro

Lectura y paz

¿Uribe y Timochenko habrán leído alguna buena novela en su vida?

El conocido profesor de Harvard Steven Pinker, quien en su famoso libro The Better Angels of our Nature planteó, con el apoyo de un arsenal de cifras y observaciones, que la violencia ha caído de forma sistemática en casi todo el mundo, insiste en que uno de los factores que han contribuido a la difusión de ideas humanitarias y a la consecuente disminución de la crueldad y la barbarie ha sido el enorme crecimiento de la lectura, entre otras cosas, a través de su impacto sobre la ignorancia, el fanatismo y la superstición.

Pinker, al igual que otros autores, también señala que, en particular, la lectura de obras de ficción, novelas y cuentos contribuye a este fenómeno a través de la expansión de la empatía, un sentimiento que hace que los lectores puedan comprender el punto de vista de los protagonistas de las obras, entender la posición de los demás personajes y ser capaces de confrontarla con sus propias y, a veces, limitadas perspectivas. Puesto que la empatía propicia el cuestionamiento de las cerradas creencias, mitos y leyendas, erosiona los dogmas de los nacionalismos, las religiones y los prejuicios raciales o sexuales que desprecian los valores y creencias de las personas que piensan o viven de forma diferente.

A pesar de que desde hace tiempo se acepta que la lectura de ficción y la empatía se presentan en forma simultánea, se ha cuestionado si la lectura de ficción induce sentimientos de empatía o si quienes sienten la empatía tienden a leer cuentos y novelas. Por este motivo se han realizado experimentos que tratan de medir los sentimientos de empatía inmediatamente después de la lectura de obras de ficción.

Los resultados de los trabajos de los profesores Comer y Castano del New School de Nueva York ratifican la existencia de una relación estrecha entre lectura de ficción y empatía, pero añaden un nuevo elemento: sólo la lectura de buenas obras (como las de Chejov y De Lillo) tiene un impacto sobre la empatía. El consumo de novelas ligeras, de entretención, como las de Dan Brown y E.L. James, no induce a la empatía (tampoco la provoca la lectura de obras de no-ficción: historia, arte o alguna ciencia).

La explicación a este fenómeno es interesante. Por la complejidad de los conflictos y disyuntivas retratadas en los escritos de calidad, su lectura confunde, reta y exige la reacción del lector para tratar de entender situaciones difíciles, con frecuencia plagadas de ambigüedades y dilemas éticos y morales. De este esfuerzo surge la comprensión de las alternativas y desafíos que enfrentan los personajes. Nada de esto ocurre, por supuesto, como resultado de la lectura pasiva y divertida de los best-sellers en las piscinas, antesalas y aeropuertos.

Ahora que avanza el proceso de paz en La Habana nos podemos preguntar si la publicación de decenas de obras sobre la violencia en los años pasados, algunas de buena calidad, ha podido crear una mayor comprensión sobre los innumerables dramas y conflictos que se han vivido en Colombia. De lo que sí estamos seguros es de que nada de la llamada “sicaresca”, la versión escrita de los culebrones televisados de narcos, modelos y matones, ha contribuido al mejoramiento de la sociedad colombiana ni a la reflexión colectiva sobre las causas y efectos de sus agudos episodios de violencia.

 

 

 

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