Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Lengua degenerada

El lenguaje es un acto político. En otras ocasiones, pedagógico; o también, de erotismo, de amor, de venganza. Estamos hechos de palabras —con ellas nos deshacen—. El lenguaje es el centro de nuestra interacción con el mundo de afuera (y de adentro). Cualquier discusión en torno a él merece atención. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”: la máxima de Ludwig Wittgenstein es más que un mapa mental.

No sé cuántas veces oí la misma queja entre mis profesores de periodismo: “¡No escriban como leguleyos!”. Pues ahora resulta que los leguleyos nos enseñan cómo hablar. Por petición del representante Alirio Uribe, quien solicitó el acatamiento del Acuerdo 381 de 2009, un juez administrativo le exigió al Distrito de Bogotá modificar el lema “Bogotá mejor para todos” por “Bogotá mejor para todos y todas”.

Esta discusión no es un chiste.

Empecemos por lo básico: hablar de “todos y todas” no es lenguaje incluyente (o inclusivo), es solo otra herramienta lingüística. Es posible desdoblar el lenguaje y seguir siendo absolutamente excluyente, por ejemplo: “Diez escritores y dos escritoras van a París a un evento literario para representar a Colombia”. El desdoblamiento es evidente, pero ¿hay inclusión?

Se evidencia aquí la necesidad del desdoblamiento del lenguaje en cuanto herramienta política.

Dice la Real Academia Española (experta en lingüística, no tanto en equidad de género): “Este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico (…). La mención explícita del femenino solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas”.

A las mujeres nos excluyen cuando nos dejan de contratar por estar en edad fértil o porque tenemos “hijos chiquitos, dependientes”. Nos discriminan cuando nos pagan menos dinero en una empresa por hacer la misma labor que un hombre. Cuando en vez de “señora” o “profesora” se dirigen a nosotras como “muñeca”, “mi amor” (y un amplio y asqueroso etcétera...).

El feminismo lucha por la equidad en asuntos densos. El lenguaje lo es. Lo que cuesta entender es que el lenguaje incluyente no radica solo en desdoblar sino en permitir que las mujeres hagamos parte del discurso y su construcción, en condiciones igualitarias.

El uso indiscriminado del desdoblamiento a lo largo de una alocución desemboca en la inevitable pérdida del interés en el contenido. El idioma español es hermoso, tiene la propiedad de la neutralidad. No hay por qué golpearlo a fuerza de desdoblamientos innecesarios o con letras inexistentes como la @.

Ser feminista (como lo soy) y amante del lenguaje no son condiciones mutuamente excluyentes.

El desdoblamiento innecesario convertido en exhibicionismo político para captar adeptos no solo distrae la atención y maltrata el idioma: banaliza las luchas feministas más profundas.

 

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