Por: Julio César Londoño

Lengua y sexo

UN IDIOMA, DIJO PARA SIEMPRE don Andrés Bello, no es un sistema arbitrario de signos, sino la manera como un pueblo siente la realidad.

Esto explica por qué los nómadas tenían muy pocos sustantivos para designar la tierra, y ninguno para la ciudad. La tierra era algo vertiginoso que pasaba bajo los cascos de sus caballos, y la ciudad una fábrica incomprensible, un corral de piedra lleno de gente medrosa. Pero tenían muchas palabras para designar las estrellas y los ríos, referencias de vida o muerte para esos hombres del alba, para los antepasados de esa flor de invernadero, de ese pájaro ornamental que es el citadino contemporáneo. Los esquimales distinguen, y nombran, más de veinte matices del blanco. Los suecos, noruegos y holandeses, pueblos donde el sexo es una suerte de pilates, apenas tienen sinónimos del vocablo prostituta. Las lenguas de las naciones islámicas o judeo-cristianas, en cambio, cuentan con decenas. La profusión del español en esta materia es índice del desprecio fariseo —y del interés real— que nos producen esas criaturas: ramera, zorra, copera, casquivana, meretriz, perra, ligera, rijosa, fufurufa, sorda, bandida, nochera, diabla, sucia, sinvergüenza, vagamunda, brincona y trabajadora sexual son algunos de las decenas de vocablos que hemos acuñado para zaherir a esas esforzadas mujeres. (De todos, el más feo es trabajadora sexual. ¿Cómo hará la academia para acuñar tantos vocablos feos por segundo? ¿No habrá alguien que les explique que viejo es una palabra mucho más bella que tercera edad?).

Los romanos, pueblo bien tirado, sólo tenían tres palabras para nombrar una profesión que ya era vieja: puta, que venía de una voz griega que significaba sabiduría (porque la que sabe, sabe); meretrix, término culto usado por los patricios y los poetas, y lupa, loba (pl. lupae), palabra de buen recibo en todos los estratos y de la cual deriva lupanar.

¿Por qué llamaban lobas los romanos a sus mujeres más generosas, sabias y ligeras? Mi amigo Fernando Gallego, un hombre que lo ha leído todo y el único terrícola que puede recordar los 11/10 de lo que lee, me lo explicó anoche (los 11/10 no es una errata: lo que pasa es que Fernando tiene una memoria inventiva y con frecuencia enriquece lo que lee con especulaciones inteligentes y poéticas): durante el verano, los pastores romanos debían recorrer largas distancias antes de encontrar buenos pastos para sus rebaños. El viaje de ida y vuelta podía tardar varios días, semanas incluso. Entonces algunas romanas, tan prestas como piadosas, se compadecieron de la soledad de esos hombres y les siguieron los pasos. Guiadas por el balido de los animales, por el silbido de la flauta o por el magnetismo fragante de las feromonas, los encontraban. La escena es digna del nacimiento de una nueva palabra: la campiña italiana, el rebaño, la sombra de un árbol hospitalario, la flauta, el vino, el queso, la hogaza de pan, el prado, la buscona y el mozalbete. Como los pastores siempre han sido pobres y las putas siempre caras, el estipendio era una oveja. De regreso al redil, llegado el momento de rendir cuentas al padre o al patrón, el déficit se explicaba con una fórmula invariable: los lobos se habían comido una oveja. La práctica se extendió hasta convertirse en una tradición bucólica, un hábito pastoril, un secreto a voces, y los propietarios de los rebaños se acostumbraron a incluir entre los gastos del pastoreo la pérdida de una o dos ovejas. Gajes del oficio. Pero para que quedara claro que no eran tontos, aconsejaban al pastor con una expresión ritual y socarrona: ¡cave lupae! Cuidado con las “lobas”. Y el adjetivo pegó.

 

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