Por: Rafael Orduz

Lenguaje "culto" y violencia

Se ha dicho que la campaña electoral  de 2014 ha sido la más agresiva en la historia reciente. Que el lenguaje utilizado por algunos defensores de una u otra línea política incitaba a la violencia por agresivo y soez.

¿Qué conexión hay entre el uso de vocabulario “fuerte” y la violencia? ¿Es posible que el lenguaje “culto” sea violento?

Las peleas violentas por política dejaron de ser las antiguas propias de la plaza pública, de los espacios cerrados y cantinas, para trasladarse a internet. Si algún efecto perverso se pudiera derivar del uso del lenguaje en política, sería, justamente, a través de las redes sociales.

Las de 2014 son las primeras elecciones en que 30 millones de colombianos cuentan con acceso a internet y 22 millones tienen cuenta en Facebook. Cerca de 10 millones trinan en Twitter y cada usuario es libre de convertirse en seguidor del papa, Shakira, Falcao, Álvaro Uribe o Juan Pa. Viceversa, cualquier mensaje que emita un político popular (Uribe tiene 3,2 millones de seguidores) se difunde masivamente, como no lo conseguiría ningún medio tradicional como la televisión, los diarios o la radio.

El uso de hashtags (por ejemplo, #lalocadelasnaranjas) y la construcción de “memes”, es decir, ideas que se difunden viralmente en internet en forma de videos o de audios, incluyendo montajes caricaturescos (hay uno de danza del vientre árabe en el que bailan Santos, Gaviria y Márquez, de las Farc) está al alcance de cualquiera.

En un país con una tasa de homicidios aún alta (más de 30 por cada 100.000 habitantes), el debate tiene que ser bienvenido. En vez del uso de balas, qué mejor que la gente pueda expresarse, opinando, discutiendo, proponiendo, como desee hacerlo. Es inevitable el uso de palabras y expresiones de grueso calibre y el encarnizamiento que muchos utilizamos en forma cotidiana. Allí no radica el problema.

El video de la señora Plata, la de Juan Pa y Zurriaga, que lleva más de 1’200.000 descargas de You Tube, que hubiera envidiado cualquier agencia de mercadeo, termina diciendo “… y la sobrina mía que coma m...”. Difícilmente la señora puede incitar a la violencia; más bien logró el casi imposible propósito de acercar a Juan Pa a la gente. El lío no son las malas palabras ni la radicalidad con que se defienda una idea.

Lo realmente riesgoso es el lenguaje “culto” que encasilla, que no deja escapatoria al interlocutor de la otra orilla, el que se usa para la intimidación y la calumnia, utilizado por líderes que han contado con las mejores oportunidades educativas.

Tamaña estupidez considerar que cerca de ocho millones de colombianos son “castro-chavistas” o, del otro lado, que más de siete millones desean la guerra. O el uso de categorías ridículas como la de los “comunistas ateos”, de no ser porque tienen eco en sectores radicales que las multiplican y las asocian a otros fantasmas de la ideología. Tal uso sí se acerca al uso de la violencia entre hermanos.

Dados los resultados del domingo, Zuluaga fue un caballero.

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