Por: Nicolás Rodríguez

Lente mafioso

Tigres y tigrillos. De esos que en las películas gringas los malos utilizan para desaparecer los huesos de los que se portan peor.

Hablarles y peinarlos. Tal vez ponerles moñitos. Hacerles trenzas. En eso tan terapéutico parece que se les iba el tiempo a algunos de los paramilitares recluidos por el entonces presidente Álvaro Uribe en Santa Fe de Ralito.

Según informes, fotos de prensa y grabaciones de la época, no todos en Ralito eran conservacionistas. Los que no estaban en el cuchicheo de fieras salvajes también gustaban de la caza de animales. Ver volar patos y dispararles. Ese era el matatiempo de otro jefe. Que en algo habrá reñido con el gusto que uno más les tenía a los aviones a escala que despegaban y aterrizaban en una pista de aeromodelismo. De seguro y contigua a todas las otras pistas de baile en que tomó vuelo toda parranda y diversión.

¿Chicas? Chicas también. Les dicen niñas, como siempre, pero mujeres hubo. “Pollitas nuevas que están sin descorchar”, según el ya mítico artículo de Semana “Santa Fe de relajito”. Y en fin. Si tan interesado está en lo de las negociaciones y conversaciones de paz nuestro religioso procurador, una podría ser la bíblica síntesis de esta perturbadora esquela: por sus gustos los conoceréis.

Pero como de lo que se trata, justamente, es de no caer en los hipócritas moralismos de Uribe y su estratégico disgusto ante la foto de los miembros de las Farc que pasean en yate, que esta sea una buena ocasión para ir más allá del lente traqueto. La pregunta no es necesariamente si las Farc también toman whisky lejos de las cámaras. O si son más o menos mafiosas cuando atropellan en sus cuatro por cuatro blindadas. El punto es, de pronto, si una vez más vamos a dejar pasar la posibilidad de hablar abiertamente de narcotráfico con los violentos.

 

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