Por: Eduardo Barajas Sandoval

Les falta un detalle

Las conferencias internacionales tienen a veces más valor simbólico que real. De pronto su mayor importancia radica en el hecho elemental de que su convocatoria produzca un encuentro efectivo.

Aunque nadie puede jamás garantizar sus resultados, el solo cumplimiento de la cita ya puede ser significativo. Otra cosa es lo que resulte siendo tema de discusión, la forma en la que ésta se tramite, lo que a la hora de la verdad resulten diciendo los participantes, lo que contengan los recuentos formales, para no hablar de los periodísticos, y el ánimo, real o aparente, con el que cada uno de los participantes se levante de la mesa.

Sesenta y ocho delegados de gobiernos y organizaciones de distinta índole se reunieron en Kabul alrededor de Hamid Karzai y Hillary Clinton, para discutir sobre el futuro de Afganistán. Tremenda circunstancia para un país cuyo destino sea objeto de la interferencia de tanta gente. Porque la idea de que una manada de extraños, sin relación alguna con su historia, con una aproximación de guerra hacia su geografía y con un desconocimiento de lo profundo de su cultura, se pongan de acuerdo sobre lo que hay a hacer, sólo puede resultar en propuestas desafinadas, por buenas que parezcan a los ojos de esos extraños que se creen con derecho a definir el rumbo que hay que tomar.

La participación del gobierno afgano, a juzgar por la índole y bajo número de sus representantes, parece haber sido la de un equipo cuya presencia en el evento tenía por objeto observar lo que otros piensan del destino de su país. Más que ir a discutir, Karzai y su grupo, como ha sucedido en los últimos años, parecen haber concurrido al encuentro como destinatarios de observaciones, dádivas, sugerencias, exigencias o decisiones formuladas por un grupo amplísimo de concurrentes, dentro de los cuales figuraban los ministros de relaciones exteriores de países como Albania, Bélgica, Bulgaria, Canadá, China, República Checa, Dinamarca, Estonia, Francia, Alemania, Hungría, Italia, Japón, Jordania, Kazakhstan, Corea, Lituania, Luxemburgo, Montenegro, Nueva Zelanda, Noruega, Pakistán, Polonia, Rumania, Rusia, Eslovenia, Suiza, Tayikistán, Turquía, y Emiratos Arabes Unidos, lo mismo que, léase bien, el Reino Unido de la Gran Bretaña, los Estados Unidos e Irán.

El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Fundación Kuwaití para el Desarrollo, la Organización de la Conferencia Islámica, la Organización para la Cooperación de Shangai, la Asociación Sudasiática para la Cooperación, y el Fondo de Desarrollo del Aga Khan, estaban allí para atender los requerimientos típicos de su oficio, que por lo general implican unos pactos con la dirigencia del país objeto de los beneficios, de cuyo contenido los ciudadanos prácticamente jamás se llegan a enterar y mucho menos alcanzan a comprender.

No es fácil entender la forma en la que, con intervenciones de cinco minutos, los numerosos participantes en la Conferencia pudieron haber planteado algo serio y mucho menos haberse puesto de acuerdo en un proyecto o estrategia de desarrollo para el país víctima de su interferencia, haciendo énfasis en su seguridad, qué curioso, lo mismo que en sus posibilidades de desarrollo económico, su gobernanza, su papel en la cooperación regional, sus opciones de integración y sus alternativas de reconciliación.

Lo único que los afganos, que no leen las cifras de los informes, pueden certificar, es que su territorio es transitado por cientos de vehículos de aquellos que parecen diseñados para recorrer la superficie lunar, y sobrevolado por aviones terribles, de capacidad destructiva peor que la de los rusos de otra época y que con mucha frecuencia atacan objetivos que ven por allá en sus pantallas sin que se sepa fácilmente si se trata de una columna guerrera de los Talibán o una fiesta de matrimonio.

Las buenas intenciones de los participantes, y el optimismo aparente con el que se fueron de la reunión, no dejan de verse afectadas por un detalle: la agenda del encuentro habría sido muy apropiada si el resultado de la guerra fuese menos incierto de lo que hoy es. En la medida que de pronto están más cerca de perder que de ganar, no se sabe si la Conferencia tenía, como objeto oculto, tratar de dar los primeros pasos hacia una retirada, más o menos decorosa, que deje atrás el camino de la guerra. Porque tal vez se ha comprobado de nuevo que la solución de los conflictos internos no puede consistir en la eliminación total del enemigo. A lo que habría que agregar que, tarde o temprano, es preciso buscar fórmulas de paz sobre la base de aproximaciones que impliquen, aún en los casos más difíciles, una negociación honesta.

 

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