Por: Columnista invitado

Letras robadas

Hay ciertas cosas que son “robables”. Cosas que, cuando se sacan a la calle o se da papaya, es probable que en una ciudad como Bogotá desaparezcan en unos cuantos segundos o usted sea atracado con un “chuzo” que probablemente ni siquiera existe.

Sin embargo, hay otros objetos que parecieran no tener ningún valor para aquel ladrón profesional.

La mejor manera que yo he encontrado para escaparme de los trancones, de los pitos y de los múltiples vendedores, es leer. Una tarde, rumbo a mi casa, sentada al lado de la ventana abierta mientras que el viento soplaba, leía atentamente mi libro ‘Leyendas del hotel Chelsea’, que llevaba por la mitad. En la carrera 15 —particularmente atrancada en la tarde—, al frente de Unilago, había un semáforo que parecía durar horas. En la mitad de una frase, sentí una mano entrar por la ventana y arrebatarme el libro. Una cachucha azul salió corriendo. Eso fue lo único que vi. Mi compañero de silla era un hombre mayor y bien vestido. “¿Te acaba de robar el libro?”, me preguntó sorprendido. Yo asentí aún sin poder decir una palabra. No había podido terminar de entender lo que había pasado, cuando el rapero que estaba cantando sobre la desigualdad colombiana involucró en su rima la frase “A la chica de atrás le robaron el libro”, mientras los pocos pasajeros que ponían atención miraron hacia atrás para enterarse del chisme.

Habían pasado apenas unos cuantos segundos desde que sentí el fuerte roce del papel que desaparecía entre mis manos. Seguía mirando por la ventana para entender qué acababa de pasar, cuando vi de nuevo una cachucha azul. Un hombre pasando entre los buses mirando para arriba, evidentemente, buscándome. El tipo me miró, me identificó, se acercó a mi ventana y me dijo: “Niña, perdóneme, este libro está en inglés, entonces no me sirve, pero igual, gracias. Que tenga un buen día”, mientras me pasó el libro en perfectas condiciones.

No pude reaccionar. Ni con rabia ni con gratitud ni con una sonrisa para aquel ladrón amable y honesto a medias. Mi compañero de silla me miró con la boca abierta y me advirtió: “Cuidado, que dentro de las páginas puede haber escopolamina”, y aunque era un comentario que nace de la desconfianza de un capitalino, podría ser que tuviera razón. Cerré el libro, incrédula de lo que acababa de pasar, y el semáforo por fin cambió.

Cerré la ventana.

 

 

*Christina Gómez

 

 

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