Por: Juan David Ochoa

Ley de Reyes

El viejo rumor de la independencia de Cataluña ha estallado en un referendo masivo y en una represión brutal del gobierno central de Madrid para impedir la fractura y defender, sobre todas las cosas, la sacralidad de su Constitución. El rey Felipe VI le hablaba el 3 de octubre al público del mundo sobre las horas difíciles de España, y prometió defender la unión a costa de todo, jurando el respeto radical a la honra de la historia y a la pureza de la ley. 

Pero Cataluña tiene todo el peso de su furia y de su cuerpo por fuera de la ficción de las fronteras, que les representan, según las proclamas reprimidas, un desbalance económico progresivo y una humillación a la más próspera de las regiones. Y el Rey, solemne y ficticio en una postura teatral  de jefe de Estado, tiene toda la historia de su linaje Borbón en su contra, junto a la misma historia del mundo que lo contradice en cada una de sus palabras  sobre la legalidad de la geografía del tiempo y de los hechos fácticos.

Su propio linaje proviene de la vieja y antigua casa de los Capetos, la dinastía más longeva y poderosa de la historia de Europa. Por más de mil años de presencia continua entre todos los tronos dispersos por el continente, hicieron de todas las márgenes de las tierras su propia interpretación de la ley, y la refundaron sobre otras leyes que parecían obsoletas según sus criterios, y la volvieron plástico o mármol indiscutible según el ritmo y el interés de sus comarcas. Entre espadas y sables reconstruyeron progresivamente el mapa que hoy parece tan estático e inalterable para la poca durabilidad de una vida común, y  es el mismo mapa sobre el que ahora habla tan legal y circunspecto el último heredero de la más alta y larga de las casas reales.

La misma España tiene en sus principios la historia surrealista del nacimiento de todas las naciones; un conjunto de pequeñas explosiones del azar, entre la comedia y la riñas, decisivas para los mapas de los territorios imaginarios que se construyen para la honra y el poder de la abstracta estabilidad de los Estados.  Los Reyes Católicos, un matrimonio entre primos segundos por conveniencia y sin sobrepasar aún los 17 años, conjugaron las coronas de Castilla y Aragón, y fundaron la transición entre la edad media y la moderna cohesionando los reinos enemigos, y comprimiendo la efervescencia de toda la contradicción en un solo nombre corto y sonoro que aunque intente imponerse con el título de un Estado, como el título de todos los Estados y los territorios, sigue siendo ficticio y peligroso por su propia fragilidad y sus arquetipos de fábula. Francisco Franco, después, haría lo suyo con su rebelión a la aparición de la Republica,  esa otra interpretación frágil de la legalidad, y le lanzó el combustible a un fuego que sigue tragándose hoy otros cuerpos y otros nombres y otras tierras.

Cataluña aparece ahora queriendo lo que todos hicieron por siglos, la misma fractura y modificación natural de una vaga geografía firmada entre una ley de reyes.  El rey lo impide ahora, también el presidente Rajoy con la retórica de un guerrerista que les entrega el vitalismo aún más fuerte para irse. Cataluña, esa vieja región de antiguas colonias de griegos y romanos, de visigodos y moros y de lenguas cruzadas, vuelve a retomar sus líneas, y le pide de nuevo a la historia una nueva modificación de sus linderos.

 

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