Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Ley del silencio

Darío Echandía a Margarita Vidal: “Yo no quiero hablar de Julio César porque soy muy amigo de él, y lo quiero mucho”, (Cromos, Premio Simón Bolívar 1980).

Nadie sabe tanto de la ausencia de sonido como los músicos. El compositor John Cage escribió que “sin el silencio viviríamos en un caos sonoro”. Sin embargo, el silencio en la política tiene otro valor. Y no es necesariamente reflexivo.

Cómo olvidar los labios de Emma González, sobreviviente de Parkland: permanecieron sellados durante seis minutos y 20 segundos, los mismos que bastaron para que un joven armado asesinara a 17 personas y dejara heridas a 15. Escenificación de las omisiones de la Casa Blanca frente el porte de armas.

La respuesta más simbólica que ha recibido el periodismo colombiano es: “Siguiente pregunta, periodista”, el silencio como mecanismo sistemático para evadir responsabilidades con la comunidad. Evoquemos tres casos recientes: las propiedades de Luis Pérez, la bodega de Federico Gutiérrez e Hidroituango.

De la valorización de los predios de Pérez por cuenta de la vía Las Palmas-El Tablazo, el gobernador de Antioquia descendió de su superioridad moral a las profundidades de la inferioridad inmoral en su rendición de cuentas para El Colombiano: “En Rionegro teníamos una parcelación aprobada, pero la suspendimos porque esa vía pasa por detrás de esa finca… si no existiera un mecanismo decente y honesto para solucionar esto (posible conflicto de intereses) entonces habría que paralizar el departamento”.

Nos acostumbramos a las “reales audiencias” del gobernador. A que fuentes oficiales repliquen a una solicitud de información con un tajante: “A esa no le respondo”.

Algunos minimizan #LaBodegaDeFico con el argumento de que “tener perfiles falsos no es delito” (de hecho, como periodista, me valgo de un perfil anónimo para seguir las rabietas del Primer Bloqueador de la Nación). El asunto es otro: el uso de recursos públicos y la posible intervención en política desde esas cuentas. (Después de mi columna anterior, la Secretaría de Comunicaciones me dijo que el alcalde respondería sobre estas denuncias… y nada).

A propósito de Hidroituango, en Semana en vivo, el exministro Manuel Rodríguez recordó a aquellos funcionarios que, antes de la avalancha de Armero, callaron a sabiendas del riesgo que corría su población. Manifestó su preocupación por la falta de transparencia de los comunicados oficiales. Juan Diego Restrepo, director de Verdad Abierta, habló de una “ley del silencio”.

(Pausa: “Los osos y venados de Chingaza están muy cerca de Bogotá y cada vez se acercarán más... si cuidamos nuestras montañas”. ¡La ficción estulta es la forma más estruendosa del silencio!).

¿Y el derecho a la información?

La instrumentalización del silencio, práctica sistemática de encubrimiento, es corrupción. Si estuviéramos en un reclinatorio, confesaríamos “corrupción por omisión”, nutrida por el paso del tiempo y nuestra frágil memoria.

4’33”, la obra más famosa de John Cage, es una pieza compuesta por los sonidos gestuales del músico, del auditorio, del ruido exterior. Es “mutismo”. El gran Cage, explica: “El propósito se cumple si la gente aprende a escuchar”.

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