Por: Columnista invitado
A mano alzada

Ley y justicia

Por Fernando Barbosa

Hace años, cuando leí varias decisiones de las cortes japonesas, me sorprendió la facilidad con la que los jueces hacían a un lado las leyes laborales y fallaban abiertamente en contra de ellas mismas, si el análisis los llevaba a concluir que su aplicación podía generar más problemas que soluciones. Entre varios temas, no tuve más remedio que acordarme del viejo debate sobre la ley positiva. Y a ello se sumó, en el campo penal, la tendencia a imponer penas no sólo muy benignas sino frecuentemente reducidas en su aplicación.

Tal aplicación pragmática de las normas conduce a que la justicia busque la solución real de los problemas y favorezca la activación de la condena social, pues la sociedad también es capaz de imponer sanciones alternativas a los infractores. Señalar con el dedo a quien delinque es más grave y más efectivo que la cárcel. Y no podría dejar por fuera otro campo que resulta difícil de entender. Los tribunales, en los últimos años, han declarado inconstitucionales varias elecciones por no atender la proporcionalidad que está garantizada por la Carta. Sin embargo, ninguna elección ha sido anulada.

Resulta inevitable la referencia a lo anterior cuando observo las críticas que se le hacen al acuerdo del Colón y a la implementación que ha estado y está en manos del Congreso. Y en este campo, por supuesto, se incluyen los cinco reparos que envió la fiscal de la Corte Penal Internacional a la Corte Suprema.

Estas controversias también me han traído a la mente las dificultades para terminar las guerras, que parecieran no tener fin. Al terminar la Segunda Guerra Mundial se establecieron los tribunales de Núremberg y de Tokio para juzgar a los responsables del conflicto. De ese juicio, por decisión del comandante de las fuerzas de ocupación, MacArthur, no se juzgó al emperador Hirohito. Fue una determinación política en la que predominó la justicia sobre la ley. Un juicio a Hirohito hubiera equivalido a juzgar a todo el pueblo japonés encarnado en el monarca y hubiera sido injusto. Lo que Japón ha construido en estas décadas luego de la derrota no hubiera sido posible de otra forma.

Lo que quisiera resaltar es que la justicia es la única que puede remediar las debilidades y los vacíos de las leyes, que jamás serán perfectas. Bien porque no logran incluir todas las eventualidades, o bien porque el mismo lenguaje en que se escriben es impreciso por naturaleza. Y para que se aplique la justicia, es necesario contar con jueces sabios. Que fue justamente lo que nos enseñaron, entro otros, Ciro Angarita y Eduardo Álvarez-Correa, a quienes la Universidad de los Andes acaba de rendir homenaje al conmemorarse los 20 años de sus muertes.

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