Por: Juan Carlos Ortiz

Leyendas de carne

Mi pasión por el fútbol me ha acompañado desde infante y aún no me ha abandonado. Estaba yo de trabajo en Brasil y decidí ir a conocer el mítico estadio Maracaná en la ciudad de Río de Janeiro, aquel lugar donde Uruguay venció a Brasil en la final del mundial de 1950. Al llegar al escenario y pararme al frente, mi corazón se aceleró de manera incontrolable al encontrarme cara a cara con este monumento histórico. Lo miraba estático y soñador y su imagen daba vueltas en mi cabeza. De repente aterricé y decidí dar el siguiente paso: ingresar. Caminé hacia la puerta principal y me encontré con un letrero que decía que por remodelación se encontraba cerrado. Busqué otra puerta y lo mismo. Caminé alrededor del estadio y todo clausurado. Un sentimiento de frustración e impotencia se apoderó de mí. Insistí buscando cualquier tipo de ingreso o alguna aparición humana que me diera alguna señal de esperanza. Sorpresivamente una pequeña puerta lateral se entreabrió y un electricista se asomó al salir. Me lancé hacia él y le pedí que me dejara entrar para conocerlo por dentro. Pero él con mucha responsabilidad no lo permitió pues estaba en obra y era prohibido.

No me quedó de otra. Me le arrodillé y le dije, "yo amo a Pelé, yo amo a Brasil. Por favor déjeme entrar". Una pequeña sonrisa se le insinuó y el hombre se apiadó de mí. "Entre, conózcalo y acá lo espero para que salga", me dijo. Dejé de caminar y empecé a levitar. Llegué al centro del campo y era solo para mí. Me paré en el punto central y dí una vuelta de 360 grados y lo ví todo desde abajo. Me sentí como nunca, me sentí como Pelé, grande, histórico, lo había logrado .

Años después y solo hace dos semanas estaba nuevamente en Brasil pero esta vez en la cuidad de Sao Paulo asistiendo al Foro Económico Mundial. El día de la inauguración, ante miles de personas de todo el planeta, y presidido por el alcalde de la ciudad y el presidente del país ví con grandísima emoción que allí se encontraba sentado el gran Pelé como anfitrión del evento. Entre multitudinarios aplausos me acerqué para saludarlo y la sorpresa fue mayor cuando me dí cuenta que él ya no podía caminar, ni siquiera pararse de su silla. Su imagen histórica pasaba por mi cabeza donde lo veía lleno de vida y energía siendo campeón del mundo en Suecia 58, Chile 62 y México 70.

Mi felicidad se convirtió en nostalgia y luego se transformó en tristeza al verlo ya imposibilitado y limitado con sus movimientos, víctima del paso implacable del tiempo.

A las leyendas les llega su hora, su vejez y todos sus vencimientos. Los genios también tienen fecha de expiración. Tal vez un efecto espejo para todos nosotros los mortales cotidianos que en vida solemos inmortalizar a los grandes. Pero no importa lo que mis ojos hayan visto, para mi corazón, Pelé seguirá siendo siempre el "mais grande do mundo". 

 

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