Por: Luis I. Sandoval M.

A liberar la política

La guerra se origina en la incapacidad de la política para resolver asuntos relevantes en la vida societal.

 Una guerra prolongada deja al descubierto la crónica incapacidad de la política para aportar soluciones. El hecho de que la política sea capaz en un momento dado de sobreponerse a la confrontación indica que ella misma está recuperando su papel primigenio y que se abre la posibilidad de un cambio sustantivo.

La terminación de una guerra es oportunidad para reorganizar una sociedad, no simplemente el momento en que quienes estaban y quienes llegan se aferren al precario orden existente durante la guerra. La democracia en paz no es lo mismo que la democracia en guerra.

El enunciado anterior no es una abstracción sin fundamento, es una lección cierta de los procesos de transición que se han vivido de la guerra a la paz o de la dictadura a la democracia en tiempos recientes. Lección también de los sorprendentes y masivos procesos de liberación de la política que se están viviendo en España con Podemos y en Grecia con Syriza.

La paz fue en unos casos el catalizador de todas las energías de cambio de la sociedad, la democracia en otros. Hoy en Colombia el santo y seña del cambio es la paz. En ella se cifra la posibilidad del paso a un orden con más democracia, más equidad, más justicia, más dignidad, más felicidad.

La paz positiva se avizora como expansión de la vida en sus múltiples dimensiones: de las individuales a las colectivas, de las naturales a las culturales, políticas e institucionales, todas asumidas en matriz territorial, multiétnica, pluricultural, ecológica, con pleno reconocimiento de la extraordinaria riqueza natural y humana existente en Colombia. Esta proyección y expectativa se resume diciendo que la paz no se reduce al silenciamiento de los fusiles, sino que es una construcción incesante, un proyecto de país, nueva independencia, otra República.

Ahora bien, un proyecto de nueva institucionalidad no se realiza sin una fuerza plural organizada con capacidad intelectual, moral, política y técnica para imaginar el cambio y recorrer el camino de materialización del proyecto transformador hasta crear nuevas realidades societales. No hay cambio sin proyecto y sin sujeto de cambio.

Esa fuerza necesaria para realizar un proyecto de cambio hoy en Colombia no es otra que la confluencia de actores del universo alternativo que tiene que verse potenciada con la llegada a la vida política civil de los anteriores actores políticos insurgentes. Pero una confluencia capaz de moverse con sentido innovador y recreador no puede quedarse en la yuxtaposición de partidos y movimientos en lo que suele denominarse frente, convergencia o coalición.

Mucho más es necesario y posible: se requiere un proceso que supere los transitorios episodios de unidad de acción; que, a partir de ellos, repotenciándolos, construya un sentido común de carácter estratégico. En ese proceso verá la luz el esperado sujeto y agente de cambio y transformación. Quizá sea pertinente decir que no basta la confluencia como coalición sino que se necesita la articulación como coalescencia.

No podemos repetir la experiencia de décadas cercanas, desde los 60, que han visto surgir y disolverse cada cierto tiempo, al menos una vez cada década, un proyecto de unión de las fuerzas alternativas que termina en frustración y en la presencia abrumadora de factores adicionales de distanciamiento y fragmentación. Lo contrario de lo que pasa en casi todos los demás países de América Latina donde inmensos conjuntos de fuerzas sociales y políticas coalescentes han logrado acceder al liderazgo de sus respectivos países. Asombroso. ¿Por qué no aquí?

[email protected] @luisisandoval

Buscar columnista

Últimas Columnas de Luis I. Sandoval M.