Por: María Antonieta Solórzano

Libertad: acción más que propósito

Es frecuente encontrar que la cotidianidad  familiar  y nacional se organiza según las reglas propuestas por alguien que ya desde  el  jardín de infantes era  capaz  de tomar, por la fuerza o por el engaño, lo que deseaba. O de atacar sin misericordia si se sentía  amenazado.

En la historia de la humanidad abundan ejemplos de estos  seres poderosos,  temidos por sus enemigos y adorados por sus protegidos. Los vemos entre  los emperadores romanos, los caudillos latinoamericanos, los conquistadores españoles, los colonos ingleses, los señores feudales, los ejércitos irregulares, los matones de barrio, los corredores de bolsa del siglo XXI,  los ladrones de cuello blanco, etc., etc.  

Todos ellos y sin excepción, generan las más profundas contradicciones emocionales y morales. Dividen el mundo en dos categorías: los protegidos que gozan de sus favores bajo la única condición de guardar absoluta lealtad a su voluntad, aún si con ello traicionan sus principios. Y los enemigos, aquellos que no aprueban sus acciones, que deberán huir o convertirse en guerreros  “sangrientos”

¿Será posible que escapemos de este ciclo perverso de sumisión-lealtad a la persona y traición a los principios o muerte, si nos atrevemos a la libertad? Probablemente no, si creemos que esta  dinámica social se explica por los rasgos de carácter. Ellos, los que mandan, así nacieron y no hay nada que hacer. Los otros, los que se dejan amedrentar,  también nacieron con un carácter complementario, una mansedumbre sumisa que todo lo permite.

Desde esta concepción simplista y miedosa de la convivencia nos alineamos entre los que atacan o los que se dejan. Así las cosas, no quedaría sino la desesperanza. Nuestro futuro y el de las generaciones siguientes serán igual a  nuestro pasado histórico.

Pero mas grave aún, al creer que solo podemos elegir  una de estas dos “naturales” opciones, limitamos nuestra vida. Ignoramos otras posibilidades, las que  aparecen al  comprometernos con la libertad, la autonomía y el respeto como acciones diarias y no solo como propósitos o ideales.

Si nuestras acciones se nutren del valor y del amor, seguramente podemos salir del ciclo repetitivo de la ley del más fuerte y podamos vivir con las oportunidades que abren la solidaridad y la creatividad.

Los  caminos de la libertad son infinitos. Van desde el guerrero samurai que defiende los valores sin implicar su orgullo personal; el de Gandhi que no esta dispuesto a matar por ninguna causa pero esta dispuesto a morir por esta; el de Kunta Kinte guerrero mandinga, quien es secuestrado, vendido y comprado como esclavo en Nueva Orleans, y sin embargo nunca se rinde en la búsqueda de la libertad; hasta el del Dr. Victor Frankl que, prisionero en un campo de concentración, trasciende el dolor, mantiene sus valores y sirve a los demás.

O, como el de cualquiera de nosotros, ustedes y yo, cuando sin entregarnos al miedo   nos dedicamos a trabajar para que el mundo que dejaremos  a nuestros hijos sea un lugar mejor que aquel en el que nosotros nacimos y vivimos.

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