Por: Columnista invitado

La libertad de discrepar

Al día siguiente de las presidenciales comentaristas y analistas políticos empezaron a señalar los aspectos políticos y programáticos que deberá incorporar el segundo mandato del presidente Santos si quiere ser exitoso. Darle participación política a la izquierda y sumar al uribismo en el consenso sobre el proceso de paz han sido dos sugerencias insistentes. Sin embargo, no se ha reparado en un aspecto que va más allá de Santos II y del que depende nuestra cultura política: recomponer la libertad de expresar y publicar las opiniones.

Entre 2010 y 2014, Ana Mercedes Gómez salió de El Colombiano, ‘Juan Paz’ de El Mundo, Francisco Santos de RCN La Radio, José Obdulio Gaviria y Fernando Londoño de El Tiempo y Hassan Nassar de Cable Noticias. Críticos todos ellos de las políticas gubernamentales, adujeron algunos que su salida obedeció a presiones directas de Palacio. Los directores o dueños de los medios respectivos lo negaron públicamente y explicaron que fueron gajes del oficio. En Palacio callaron.

Hoy la censura de prensa no la ejerce un oscuro personaje que revisa las publicaciones antes de que salgan a la calle. Los gobiernos tampoco pueden ordenar recoger los ejemplares en la madrugada, pues la circulación electrónica es casi imposible de controlar. Al menos en sociedades donde no se bloquean las redes sociales e internet.

Pero en los últimos años, además del escandaloso nivel de pauta publicitaria que termina por crear dependencia de los medios hacia el Gobierno, ha sido usual que en medio de almuerzos y reuniones se formulen amistosos reclamos por la orientación de ciertos contenidos. De este modo se les notifica a los críticos que su comportamiento es inadecuado, que su tono es desproporcionado, que su conducta es casi una traición a la patria. Si el crítico modera el tono y se autocensura, el mecanismo resulta eficaz. Pero si el incómodo contradictor decide renunciar, tanto mejor, el mecanismo también resulta eficaz. La censura gana con cara y sello.

La libertad de expresar y publicar las opiniones tiene un oscuro panorama en varios países de la región. Cuesta creer que la hipersensibilidad del Gobierno a la crítica termine incluyéndonos en tan penoso elenco. Pero es inobjetable que las voces críticas han disminuido notoriamente, con perjuicio para los ciudadanos, que ven reducidas las voces que comparecen en el ámbito público en el propósito de formar la opinión pública y la voluntad política. ¿La expresión pública de las diversas posiciones no contribuiría a un debate menos polarizado? ¿Existe relación entre el discurso radical de ciertos sectores de la oposición y su sensación de que su postura está poco representada públicamente?

Es propio de nuestra idiosincrasia evitar la controversia, pues sospechamos que ésta es el preludio de la violencia. Sin embargo, en una democracia pluralista las diferentes voces deben tener un lugar en la discusión y no existen temas vedados. “El mal realmente temible no es la lucha violenta entre las diferentes partes de la verdad, sino la tranquila supresión de una mitad de la verdad”, escribió John Stuart Mill.

No es función del Gobierno, sino de la sociedad civil, promover una diversidad de opiniones políticas. Pero el Gobierno no debería impedir que se expresen aquellas que son críticas de su gestión. El unanimismo mediático sólo es capaz de construir consensos ficticios, entre otras cosas, sobre el proceso de paz. De hecho, el 45% del electorado votó en contra de la postura del Gobierno, a pesar de que ésta ha sido ampliamente explicada en los medios privados y oficiales.

La convicción de que sólo a través de la diversidad de opiniones puede abrirse paso la verdad llevaron a Mill a advertir que “si toda la humanidad, menos una persona, fuera de una misma opinión, y esta persona fuera de opinión contraria, la humanidad sería tan injusta impidiendo que hablase como ella misma lo sería si teniendo poder bastante impidiera que hablara la humanidad”.

La libertad para discrepar nos previene contra la tiranía de la mayoría.

 

Iván Garzón Vallejo
@IGarzonVallejo
 

 

 

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