Por: Alfredo Molano Bravo

Libertad de expresión

ATERRIZAR EN LIMA ES SIEMPRE SORprendente. La gran mole andina a la izquierda y bajo el avión un gran mar de niebla que acota con su humedad blanca islas, penínsulas, golfos, bahías.

Cuando se abre la puerta del avión, un pesado olor a crustáceo invade la nave como un anuncio que se está en el Pacífico. En junio y julio la humedad es altísima y la niebla se enseñorea de la ciudad; cada 5 ó 10 años llovizna: la prensa, la radio y la Tv. registran en grandes titulares el hecho.

Para nosotros esa tenue llovizna no pasa de ser un espantabobos. Lima es una ciudad que salvo algunos sectores Plaza de Armas y los aristocráticos barrios de San Isidro, Miraflores nada la diferencia de Soacha si no fuera por sus 8 millones de habitantes. Hay que atravesar toda esa pobreza para estrellarse con el Golf Club, donde se interrumpe la circulación, merodea policía armada y los escoltas se pasean atentos a cualquier síntoma de amenaza a sus patrones que, dentro del recinto amurallado, juegan, hacen negocios y hablan mal del Gobierno.

Fui invitado a un coloquio sobre la libertad de expresión convocado por la Cooperación Francesa y la Universidad Católica. La pregunta central que se intentó responder ante un auditorio atestado de intelectuales y estudiantes fue simple: ¿Qué papel desempeña hoy la libertad de expresión en la organización social? Como suele suceder en esta clase de eventos, se dan muchas vueltas antes de picar la almendra.

 Los expositores suelen ser cuidadosos, y por cuidadosos, ambiguos. Los intelectuales tienen su lenguaje particular con que invitan a la complicidad antes que al enfrentamiento en público. Son técnicas profesionales. De todas maneras, en el fragor de la polémica los velos se van corriendo. La tesis conocida por lo demás que dominó el encuentro es simple: la libertad de expresión está secuestrada por la libertad de mercado. Los medios de comunicación forman parte de grandes grupos económicos multinacionales y así terminan defendiendo sus intereses y escamoteando los de un público del que se reclama expresión.

Es cierto que en el siglo XIX y en buena parte del XX la prensa representaba los intereses de un sector de la población tanto en el plano informativo como editorial. En nuestra historia, El Espectador nace contra el autoritarismo de la Constitución del 86 y El Tiempo contra la dictadura de Reyes, y desempeñan un gran papel decisivo durante la República Liberal y durante las dictaduras conservadoras de Ospina, Gómez y Rojas. Hoy, el panorama es otro.

 La Tv. y la radio superan con mucho el público lector: los segmentos noticiosos en Colombia se han convertido en boletines de prensa del Gobierno ahora con Manual de Redacción incluido; los hechos, más que explicados, son referidos con incoherencia e interpretados con titulares. Los deportes canalizan las pasiones con efectos cada día más violentos aunque más rentables; las notas de farándula y las telenovelas sustituyen toda representación del mundo diferente al regodeo de la vanidad.

Sólo en las páginas editoriales de la prensa escrita se conserva en nuestro país aún el pluralismo y la libertad de opinión, aunque ya comienza a ser sitiada con demandas ante los tribunales buscando que los columnistas sólo discurran sobre cosa juzgada, o se limiten a opinar sobre los cambios de look de las niñas bonitas. En el coloquio hubo consenso sobre un punto: hoy, los medios son para la democracia, no una de sus expresiones y uno de sus instrumentos más eficaces, sino un problema al haberse transformado en herramientas para la manipulación de la opinión pública. Un resultado nada fácil y muy costoso.

Cierto es que no es un logro absoluto y que siempre hay sectores que se salen del redil, pero la fuerza que ha tomado el rebaño y la dirección que lleva no pueden ser indiferentes para quienes defienden y creen en la democracia abierta. Función muy importante tiene en esa manipulación la construcción de un enemigo público: los judíos en el nazismo, los árabes en la era Bush y los terroristas de las Farc en los gobiernos de Uribe.

 No es que los regímenes creen los fenómenos. Es claro: los judíos no son una creación de Hitler, ni los árabes de Bush, ni las Farc de Uribe: pero la imagen de enemigo público que amenaza la Patria con mayúscula sí es un producto de laboratorio. Y esa imagen es la que la gente consume.

 

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