Por: Antieditorial

Libertad de expresión responsable

Por Norman Augusto Mesa Lopera

Claro que no... claro que no queremos ser el país del silencio, claro que queremos una prensa libre, pero sobre todo responsable, claro que queremos la crítica, entendida esta como la capacidad de algunos sectores de la sociedad de manifestarse en contra otros, claro que las realidades, a veces un poco malolientes, queremos ingerirlas a través de la caricatura y la sátira, pero otra cosa son las posiciones de los artistas llevadas a extremos para mancillar el buen nombre de las personas y organizaciones —para este caso políticas—.

Muchas veces el caricaturista se aprovecha de los espacios para calumniar, y al hacerlo, queda un sinsabor en el consumidor de sus productos de que ni siquiera la justicia ordinaria conoce pormenores sobre su “víctima” como para calificarlo hasta de delincuente.

Bienvenida la libertad de expresión, pero bienvenida si quien hace uso de ella en la democracia, y encuentra espacios en medios de comunicación escritos para exponer un punto de vista, hace un primer filtro combinando lo emocional, lo racional, lo legal y lo humano, para no transgredir los límites —que quiérase o no existen—, y bienvenida también si el medio utilizado también hace un segundo filtro mirando líneas éticas, morales y hasta editoriales para saber si el invitado a sus páginas tiene asiento reservado.

Podría pensarse que el hecho de que el doctor Iván Duque Márquez no hubiera condenado la caricatura que apuntaba a él, pudo deberse a que como está en campaña por la Presidencia, quiera mostrarse como tolerante con la prensa, y que tomó las medidas para congraciarse de manera tal que incluso lograra la aprobación del caricaturista a sus tesis. No me atrevo a imaginar qué hubiera pasado si, como el abogado Julio Luis Reyes que interpuso acciones legales, el protagonista de la caricatura se hubiera ido lanza en ristre contra el Matador... hoy tendríamos todas las agremiaciones de periodistas y medios dando más espacio a ese “equívoco” que a las propuestas que le tiene a los colombianos el señor Duque.

No, señores de El Espectador, no es así como se construye opinión, no es a destruir personas y partidos políticos que saltan a la arena para ofrecer alternativas a lo que están llamados los medios, tampoco a que se rindan y entreguen y a que callen. No es necesario acudir a la calumnia despiadada para hacer notorio al profesional de la caricatura, es necesario definir mínimos de comportamiento de tal manera que una opinión no necesariamente destruya a un ciudadano. El editorial debió apuntar más a cuestionar la manera como se están comportando algunos, que arropándose en el derecho a la libertad de expresión, y con la complacencia de medios de mucho renombre, están es destilando el veneno propio, y con él, están contaminando a sectores de la sociedad que siguen a algunos políticos o militan dentro de esas organizaciones.

Qué bueno hacer un alto en el camino, crear espacios para discutir cómo entretener e informar, sin atentar contra lo más preciado que tiene el ser humano, y es su dignidad. Qué bueno que El Espectador tomara la delantera en ese sentido, y convocara a sus pares escritos, a los hablados y a los digitales para resolver si están haciendo bien la tarea que la sociedad y la democracia espera de ellos. Es que como van las cosas el círculo vicioso de yo calumnio, usted me denuncia, el juez me condena a rectificar, yo lo hago pero a medias, pareciera no tener fin si las partes, incluyendo el sector de los columnistas, no repiensan si están entrando en un duelo de egos, olvidándose de lo que ciudadanos y consumidores de medios de comunicación esperamos de ellos.

Sí señores: no queremos el país del silencio, pero tampoco el del atropello.

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