Por: Ana María Cano Posada

Libertad incondicional

Si algo pudiera cambiar el rumbo, ojalá de un modo menos drástico que el de acabarse el mundo, ese sería el poder erradicar el cultivo de la productividad como única meta de la vida; el rendimiento como unidad de medida del sentido de cada acto; el afán como demente ritmo cotidiano; la competencia como presupuesto ineludible y la agresión como vía rápida, resultado de todo las anteriores.

Pero no es del 21/12/12 que quiero hablar, porque está manoseado como casi todo, y ya no es anuncio de asombros. En cambio quiero acudir a algo doméstico que se pudo abrir paso, intempestivo, dentro de la reiteración de hechos predecibles que vuelven los días más y más insensibles, hasta completar la sensación de hartazgo cada vez que se lee, ve y oye lo que pasa, una vez y otra vez, como si fuera contagioso el atontamiento general y nos pudieran capar todas las veces que quisieran, sin oponer resistencia alguna.

La sorpresa provino de donde menos podía esperarse. Después de haber caído un derrumbe financiero arrasando reputaciones y ahorros por parte de quienes recaudaban fondos indiscriminados para “hacerlos rendir”, salió un banco grande, al parecer el de mayor tamaño en Colombia, Bancolombia, a proponer algo inusitado. Todos sus empleados trabajarían cinco horas menos a la semana por exactamente la misma remuneración. Es seguro que ellos no son unas “hermanitas de la caridad”, pero al menos sí hay que concederles el beneficio de la duda, hasta saber cómo va a impactar a ese número de familias que son las que sostiene ese banco en su nómina, ese hallazgo de poder trabajar en horas flexibles y restarles un tiempo maravilloso para buscar el ocio, encontrarse con las personas y las simples cosas cercanas, como esos otros motivos con los que la vida se tiñe mejor, sabe más y abre puertas para crear, que es lo que más teme este mundo del rendimiento a toda costa y por eso obnubila para que la obediencia sea lo que desarrolla, antes que cualquier otra aptitud.

Un banquero —¡un banquero!—, uno de esos seres que son el estereotipo del hombre sin alma, de los hombres grises de Michael Ende, saca el conejo del sombrero y propone en este país de inequidades y corrupción, al menos un pago en especie: un tiempo para la vida. En lugar del conejo loco de Alicia en el país de las maravillas, que vive delirando por el reloj, sometido a su imperio, es aquí y ahora un banco —¡un banco!— el que propone parar y escoger a qué dedicarle cinco horas de la semana, cinco horas que van a regalar. Si esto puede producir al menos una pregunta o si alguna otra entidad puede darse por aludida para buscar efectos imprevisibles al dejar en libertad unos tiempos de cada día (que no sean los de transportarse /comer/dormir) para conjurar la productividad y convocar la inspiración, esto ya sería un cambio de eje importante.

Otro modo de mirar las cosas, de tomarlas y de devolverlas, es precisamente el que ahora yo asumo. Puedo cerrar la vida laboral plena y transmutarla en una vida útil, esa que no puede dejarse pasar, desperdiciándola. Por eso calculo en todo su valor lo que puede significar para una institución con un enorme factor multiplicador, esto que ahora siento en mi escala personal: la sensación de libertad incondicional.

 

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