Por: Daniel Pacheco

Librarnos de dios y del papa

Muy mala la noticia del papa latinoamericano. Además del fervor natural que genera un papa de la región, parece además que Francisco es un cura hábil, mediático y empeñado en conseguir más fieles. Nada bueno saldrá de esto para nuestros países, que lentamente se estaban desprendiendo de los dogmas católicos.

La noticia es mala en principio, más allá de que haya sido Francisco el nuevo elegido. Toda esta emoción, todo el encantamiento mediático muestra que la Iglesia católica no está cerca de desaparecer como institución. No que proponga destruirla. Pero sí habría sido esperanzador ver que por sí sola pierde relevancia y se diluye. Eso claramente no pasó.

Pero es aún peor que haya sido Francisco el elegido. El argentino ya da muestras de ser un hombre que entiende los cambios en el mundo, y, con una nueva piel menos bordada de oro, parece que será más efectivo en imponer los mismos viejos dogmas.

Esta posición se basa en un saludable y bienintencionado rechazo a la religión, y especialmente a la católica. Al mundo no le hacen falta más personas temerosas de nada, sobre todo no de un dios todopoderoso. Esta no es una afirmación en contra de los católicos, ni de odio a los religiosos en general (entiéndame, abuela). Es una afirmación en contra de sus creencias y las consecuencias reales que tienen.

Cualquier agnóstico o ateo puede alegar razonablemente que no le gusta el catolicismo. Sólo tiene que traer a cuento el simple hecho de que los católicos lo condenan a una vida de eterno sufrimiento en el infierno por no creer en Jesucristo. Pero la objeción fundamental es menos personal. Tiene que ver con la idea esencial de que hay una verdad que nadie puede cuestionar. Esto sí es cortarle las alas a la mayor y más productiva facultad humana: escudriñar lo que no entiende, criticar lo que no le parece, y buscar visiones distintas.

La cosa empeora cuando además esa idea incuestionable es que todos somos pecadores, que debemos sentir culpa porque somos sucios, arrepentirnos, y rendirles culto a unos hombres que dicen ser los representantes de Dios en la tierra. Por supuesto, esto último tampoco permite ni el más mínimo examen.

Cada quien tiene derecho a sus propias creencias. Y la libertad de culto es un derecho innegable. Allá ellos si creen que las mujeres no pueden ser curas, por ejemplo. Sin embargo, los católicos tienen de suyo imponer su ley sobre los demás. No están de acuerdo con el matrimonio entre homosexuales, y se oponen a que los estados lo legalicen. No creen en el aborto ni en la contracepción, y se oponen a que los estados lo permitan y la promuevan (siendo ellos además parte interesada, como uno de los mayores prestadores de salud).

Francisco será poderosa voz sobre América Latina en contra de la crítica y la diversidad. Una voz para refregar las manchas que supuestamente pesan sobre todos. Una voz sin la cual estaríamos mejor. Porque en ese silencio habría que descifrar cómo ser felices en la única vida de la que se puede estar seguro.

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