Libros, más libros

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El 23 de abril se celebró el Día del Libro de una manera triste, ya que bibliotecas y librerías están cerradas por la pandemia, pero también gozosa para los que amamos leer, porque por fin tenemos tiempo para poder dar cuenta de los libros que nos estaban esperando. Cualquier género es bueno para darles sentido a estas horas contaminadas de ansiedad, tristeza y miedo. La poesía, porque con su peculiar manera de tensar el lenguaje y hacerlo hablar de una manera nueva nos permite ponernos en hondo contacto emocional con todo lo que hay en la realidad de misterio, dolor y belleza; la novela, porque tiene el poder de mostrarnos la ambigüedad y la complejidad de las sociedades y de los seres humanos, con sus luces y sombras; el cuento, por perspicaz, inquietante, sugerente; y el ensayo, porque en tiempos de crisis resulta especialmente iluminador ver cómo los que piensan el mundo reflexionan sobre problemas vitales desde ángulos insospechados. Y porque toda escritura nos devuelve a la dicha del lenguaje, con sus infinitas posibilidades de conocimiento.

El Día del Libro nos llega en este año bisiesto cargado de un miedo que tiene que ver con el coronavirus: el de la posibilidad de un mundo con editoriales y librerías diezmadas por la crisis económica general, en razón de que en muchas partes la cultura sólo recibe migajas y no las ayudas significativas que se otorgan a otros sectores de la sociedad productiva. Los editores independientes, por ejemplo, esos que se esmeran por crear sellos particulares, con nombres nuevos y libros con estéticas audaces, están hoy viendo peligrar sus empresas, creadas casi siempre con pequeños capitales, y sostenidas con empeño y dificultad al margen de un mercado vertiginoso que vive de convertir en obsoleto todo lo que sea susceptible de reemplazarse. Y ni que decir de las librerías pequeñas o medianas que, como las editoriales independientes, se esmeran por ofrecer algo distinto de aquellas otras sin alma y sin libreros, donde lo mismo da el libro de autoayuda que el último bestseller. En las buenas librerías, grandes o pequeñas, hay, sobre todo, un clima, una atmósfera, que invita a detenerse, a mirar, a escoger, incluso a sentarse a leer un rato. Si esta pandemia nos deja con un mundo con menos editoriales, menos libros y menos librerías, quedará demostrada la pobreza espiritual de nuestros gobiernos. Muchos de los cuales interpretan la cultura como adorno o acumulación de información o divertimento, y no como lo que siempre ha sido: expresión del alma de los pueblos, de los tiempos y de los seres humanos que, abismados a la incertidumbre, hacen de ella raíz donde se afirman y posibilidad de visión y trascendencia.

Adenda. Petro no es santo de mi devoción, pero no creo que mienta sobre el diagnóstico de cáncer que le hicieron en Cuba. Por si algo aporta, en marzo de 2011 elevé queja formal contra el gastroenterólogo Fernando Sierra —que hoy acusa a Petro de mentir— por no cumplir con los protocolos en consulta y porque se le ocurrió decirme, después de examinarme, que lo que me recomendaba era encomendarme a la santísima Virgen. Por el reporte, supe que la mía era una de muchas quejas. Ustedes colijan. ¿Por qué ni él ni la clínica dan explicaciones?

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