Por: Nicholas D. Kristof

Libros, no bombas

EL SUCIO SECRETO DE LA GUERRA de Irak no está en Bagdad o en Basora. Más bien, se halla en los miserables burdeles de Damasco y en las barriadas más pobres del oriente de Amman.

Aproximadamente dos millones de personas han huido de su tierra natal y ahora se están refugiando en dilapidados barrios de los países a su alrededor. Estos son los nuevos palestinos, la diáspora árabe del siglo XXI que amenaza la estabilidad de la región.

Muchos jóvenes no están recibiendo educación alguna, y algunas jóvenes son orilladas a la prostitución, particularmente en Damasco. Empobrecidos, enojados, desposeídos, indeseados, estos iraquíes son un nuevo y combustible elemento en Oriente Medio que nadie quiere abordar o en el cual ni siquiera desean pensar.

Los militaristas estadounidenses prefieren abordar los desafíos de seguridad de la región dedicando miles de millones de dólares a bases militares de Estados Unidos con carácter permanente. Una forma más simple de combatir el extremismo sería pagar las cuotas escolares de los hijos de refugiados, a fin de garantizar que ellos cuando menos reciban una educación y no queden marginados de por vida y en el subempleo.

Nosotros rompimos Irak, y tenemos una responsabilidad moral con las personas cuyas vidas han sido hechas añicos por nuestras acciones. También está en nuestro propio interés nacional brindarles ayuda, ya que lamentaremos nuestra miopía si permitimos que jóvenes refugiados iraquíes crezcan sin educación y sin posibilidad de obtener empleos, pudriéndose en sus sociedades.

“Mi marido y yo hemos decidido que vamos a sacar a nuestros tres hijos de la escuela”; dijo Yussra Shaker, profesora de inglés, que tiene educación universitaria, la cual huyó de Irak y viajó a Jordania cuando su hijo de 15 años de edad recibió un balazo en la pierna, en un intento de secuestro. Yussra cree profundamente en la educación, y sus ojos se llenaron de lágrimas mientras describía la decisión de retirar a sus hijos, debido a las cuotas escolares y las golpizas a manos de estudiantes jordanos.

“Mis hijos son muy buenos estudiantes, y le agradan a los profesores”, explicó Yussra, “así que los niños de la localidad los golpean incluso más”.

La familia de Yussra es cristiana, pero la mayoría de quienes huyen de Irak son musulmanes sunitas; y algunos de ellos pudieran haberle disparado a estadounidenses o cometido actos brutales en contra de chiitas en el presente conflicto de tipo sectario. Una de las familias sunitas a las que visité venía de Faluya luego de que su casa hubiera sido demolida en una explosión, posiblemente por estadounidenses, y ya había decorado su apartamento lleno de goteras con un afiche de Saddam Hussein.

Esta familia estaba integrada por dos esposas y un hombre (quien había vuelto a Irak y vivía en una casa de campaña) y sus cinco hijos. El mayor de ellos era un malhumorado joven de aproximadamente 20 años, quien daba la impresión de que su interacción preferida con los estadounidenses pudiera haberse relacionado con sostener un rifle AK-47 en sus propias manos.


No obstante, la familia también tenía niños pequeños y estaba atrasada nueve meses en el alquiler, así como en peligro de ser lanzada a la calle. La visité a las 2 de la tarde y nadie en la casa había comido algo en lo que iba del día.

Los refugiados iraquíes no reciben ayuda, en parte, debido a que el suyo es un problema que casi todos buscan ocultar. Siria y Jordania temen que si los refugiados reciben ayuda, entonces permanecerán por tiempo indefinido. Estados Unidos no quiere hablar de una crisis creada por nuestra guerra, al tiempo que a la dirigencia chiita de Irak no le interesan mucho los sunitas o los cristianos desplazados por milicias chiitas.

“Está entre las mayores crisis humanitarias del mundo hoy día”, dijo Michael Kocher, experto en refugiados por el Comité Internacional de Rescate, el mismo que publicó en fecha reciente un informe sobre la crisis. “Está captando muy poca atención del Consejo de Seguridad y en instancias menores, lo cual, sentimos, es escandaloso y también una mala estrategia”.

Resulta fácil culpar a los países vecinos, como Jordania y Siria, por no ser más hospitalarios con los iraquíes. Con todo, estos países han tolerado el influjo, aunque a regañadientes y pese a la enorme responsabilidad y riesgo político.

Es difícil contar a los refugiados iraquíes, pero, quizá, actualmente equivalgan a ocho por ciento de la población de Jordania, de seis millones. La familia jordana promedio, que se opuso a la guerra para empezar, actualmente carga con el costo de proveer para los refugiados, que pudiera ascender a 1.000 dólares por año.

Por contraste, Estados Unidos recibió apenas 1.608 iraquíes el año pasado. Los países europeos han tenido un registro mejor, pero creen que Estados Unidos creó la crisis de refugiados y debería tomar la delantera para resolverla.

“La apatía hacia la crisis ha sido la respuesta abrumadora”, declaró el grupo Amnistía Internacional, en un informe emitido la semana pasada.

Ya hemos visto, en el caso de los palestinos, cómo una diáspora de refugiados puede desestabilizar una región durante varias décadas. Si Jordania llegara al colapso a raíz, en parte, de esas presiones, eso sería una catástrofe; y la mejor forma de prevenirlo no consiste en darle helicópteros Blackhawk, sino ayuda con cuotas escolares y la construcción de escuelas.

Si nosotros permitimos que se prolongue la crisis de refugiados iraquíes –y particularmente, si permitimos que jóvenes refugiados pierdan una educación y terminen, por tanto, sin un futuro– entonces nos estamos condenando a soportar su ira durante las próximas décadas. La educación de los iraquíes pudiera no ser tan glamourosa como bombardearlos, pero hará mucho más bien.

* Columnista de ‘The New York Times’,  dos veces ganador del Premio Pulitzer.

 

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