Por: Alfredo Molano Bravo

Libros y glifosato

Muy lúcidas, como dirían las tías, le han salido las cosas al Gobierno en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, en la que Colombia es invitado de honor.

La delegación de escritores, artistas e intelectuales llevada por el Ministerio de la Cultura al evento muestra en esa importante vitrina mucho de lo que somos. (Notable y lamentable y sin excusa el vacío de Fernando Vallejo, el escritor colombiano más conocido en México después de García Márquez. La gente pregunta y nadie responde). En medio de multitudes estudiantiles, que son siempre la masa de estos eventos, y de poderosos editores y distribuidores de libros, que son los que en realidad cuentan en esas bolsas, se siente el hervidero de nuestro mundo cultural: música del Pacífico, del Caribe y del Llano; escritores jóvenes y viejos, poetas indígenas, guionistas de cine, ensayistas, cuenteros, cocineros, filósofos, juristas, lingüistas, cineastas, teatreros, periodistas.

El público no deja de sorprenderse cuando sabe que un país tan ensangrentado tiene a su vez una vida cultural tan activa, intensa, y respetable. Nos pasaría si un día aparece en Colombia una embajada cultural de Afganistán y nos dice que en su rocoso país hay potreros verdes y facultades de ciencias políticas.

En realidad nadie debería asombrarse si entiende que las contradicciones y las diferencias sociales, étnicas, y políticas son el origen de la fuerza que tienen nuestras culturas que, cabe recordarlo, son reconocidas en igualdad de condiciones por la Constitución nacional. Y es un mérito que, por lo menos en el exterior, se afirme ese carácter.

Porque no pasa lo mismo en el interior. Como El Espectador lo informó la semana pasada, el Gobierno autorizó la fumigación con glifosato en resguardos y territorios indígenas, lo que significa que se podrá envenenar, además de los parques nacionales -si se repitiera el caso de La Macarena-, otro 25% del país.

La Corte Constitucional había parado la fumigación en territorios indígenas en el año 2003, cuando en el alto tribunal no había sido nombrado un empleado del gobierno como magistrado. Pero el 8 de octubre pasado, el ministro Holguín, previa venia de la Dirección de Etnias bajo su jurisdicción, autorizó a Estupefacientes a bombardear con glifosato aquellas regiones donde se cultive coca —o hayo—, amapola y marihuana.

La orden esta supeditada a la consulta previa con las comunidades, y aquí esta lo que considero una porquería: el Gobierno chantajea a los indígenas con garrote y zanahoria. El garrote, ser acusados de narcotráfico y terrorismo; y la zanahoria, prometer, a cambio del visto bueno, ampliación de resguardos, emisoras indígenas, programas guardabosques, escuelas, puestos de salud, carreteras y, léase bien, atención en derechos humanos.

Así que el Estado está dispuesto a reconocer los derechos que tienen por Constitución las comunidades indígenas a cambio de que ellas acepten que se envenenen sus territorios —como ha pasado en Sanquianga, donde murieron tres niños Siapidaara—, y lo más grave, que se erradique el corazón de muchas de sus culturas: la coca.

El desprecio que evidencia el Gobierno por las culturas indígenas que usan la coca como alimento —que lo es en alto grado—, como ritual de ceremonia, como medio de comunicación, es infame. Muchas comunidades indígenas han logrado sobrevivir a la conquista y la colonización de blancos y los mestizos, a la evangelización, a la guerra, a la sífilis, la viruela y el sida, gracias a la bendita coca.

El Gobierno no puede pedir a los pilotos de las avionetas, en realidad pagados por EE. UU., que distingan entre matas de hayo y “matas de cocaína” —como las llama el Presidente—. Por tanto, serán fumigadas la coca comercial, si la hay; la coca ceremonial y hasta las chagras con yuca, plátano, ají, por la simple razón de que todos estos cultivos están entreverados.

El golpe a la tradición indígena será mortal. El ataque podría ser considerado como un verdadero etnocidio en tanto que se arremete contra la más fuerte defensa que ha tenido el indígena para no desaparecer: su cultura. Con tal de cumplirles a los gringos, el Gobierno ha ordenado una hecatombe contra las culturas indígenas andinas y amazónicas.

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