Por: César Rodríguez Garavito

Liderazgo colectivo en un mundo narciso

Semana y la Fundación Liderazgo y Democracia tuvieron la buena idea de crear un premio al liderazgo colectivo, que tanta falta hace en un país y en un planeta donde el individualismo, incluso el narcisismo, vienen en ascenso.

Mucho antes de que una epidemia de selfies se tomara el mundo, los colombianos inventamos esa cumbre del egoísmo que es el undécimo mandamiento. El sálvese quien pueda, el no dar papaya, fueron las expresiones más claras de nuestra desconfianza mutua, que nuestra indecente desigualdad social acuñó y nuestra guerra acentuó.

Así estábamos cuando Narciso resurgió de las aguas y reercarnó en los trumps y las kardashians del mundo. Junto con las oportunidades de conexión, las redes sociales trajeron la autopromoción y los egos desmedidos. Según un estudio de Jean Twenge, la mayoría de jóvenes milenarios encuestados dice ser más inteligente que el promedio de su generación. Que la gran mayoría esté por encima del promedio, claro, es una imposibilidad estadística. El mismo estudio muestra que se ha disparado el uso de la primera persona del singular en los libros y ha decaído el uso de “nosotros”.

El reto del liderazgo colectivo es justamente pensar y actuar en términos de “nosotros”. Un nosotros a la altura de un país que felizmente está acabando una guerra, pero que no termina de encontrar las palabras y las ideas para vivir en paz. Un país que deje la economía y la sociedad del pasado —la que depreda la naturaleza y ahonda las desigualdades sociales, raciales y de género— y abrace la sociedad del futuro, que estará fundada no tanto en la competencia por los recursos naturales, sino en el conocimiento y la colaboración.

Semana y la Fundación Liderazgo y Democracia tuvieron la deferencia de incluir este año a Dejusticia entre los premiados por su liderazgo colectivo. Si Dejusticia ha hecho algún aporte a esta tarea, así sea modesto, es porque hemos intentado construir un “nosotros”. De puertas para adentro, hemos hecho todo lo posible para mantener relaciones personales marcadas por el afecto, la horizontalidad, el humor y el goce de estar juntos.

De puertas para afuera, nos hemos esmerado por trabajar con muchos actores y sectores, desde otros centros de investigación y ONG, hasta entidades estatales y movimientos sociales. Uno de estos movimientos, el indígena, nos ha enseñado el concepto y la palabra justa para este tipo de trabajo: minga. En los esfuerzos colectivos que son las mingas, cada quien aporta lo que tiene y puede, tratando de sumar antes que dividir. Cuando la polarización del proceso de paz se suma a la de las elecciones de 2018, quizás no haya un reto más importante para nosotros —y con “nosotros” me refiero no solo a Dejusticia, sino a los medios, la sociedad civil y el país en general— que encontrar formas de tramitar nuestros desacuerdos sin descalificar al otro.

Una de esas formas es fortalecer las reglas de juego y las instituciones democráticas: la Constitución de 1991, el Estado de derecho, los derechos humanos, defendiéndolas de los embates de los populismos de derecha e izquierda. A eso seguiremos apostándole.

*Director de Dejusticia. Una versión más extensa de esta columna fue leída en la ceremonia del premio al liderazgo colectivo.

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