Por: Aldo Civico

Liderazgo generativo

Estoy hablando con varios dirigentes de empresas en Colombia. El hilo conductor de mis encuentros ha sido la noción de un liderazgo transformador y generativo; o sea, un liderazgo que deja huellas positivas en la experiencia de los demás.

Por ejemplo, le pregunté a un dirigente de una gran industria cuál era el desafío que su organización enfrentaba en estos tiempos que los comandos de la Marina de Estados Unidos indican con el acrónimo VICA: volátiles, inciertos, complejos y ambiguos. En un primer momento pensé que el empresario me iba a detallar desafíos ligados a la economía. Fue entonces una sorpresa cuando me contó que para él el reto hoy era asegurarse de que todos los empleados, incluyendo a la señora del tinto, experimentaran que su trabajo está conectado con el propósito más alto de la organización: servir a los clientes y, a través de ellos, a las familias y la sociedad entera. En otras palabras, a través de su experiencia y visión, este ejecutivo me resaltó lo que hoy se reconoce como la esencia del liderazgo, que no es una función o un rol, sino una actitud y una práctica cultural.

Es verdad que lo mencionado por mi interlocutor es un gran desafío, y no solamente para la organización que él lidera (que, en realidad, es un ejemplo extraordinario de innovación y cultura organizacional), sino para cada uno de nosotros; o sea, la terrible posibilidad de ir sobre nuestra vida cotidiana sin tener conexión con un propósito más alto que nos trasciende.

Cuando así es, conducimos una vida inscrita en la dimensión del ego, desvinculados y separados del campo en el cual se desenmaraña nuestra existencia.

Por el contrario, la experiencia de una vida llena se realiza cuando nuestro ego se abre y se entrelaza con un propósito más alto, expresión de lo que uno quiere crear en el mundo, más allá de un interés inmediato y privado. Esta apertura no disminuye el ego, sino que lo exalta, porque lo que exalta es la vida. De hecho, la señora del tinto, para retomar el ejemplo de mi interlocutor, puede servir el tinto mientras no puede esperar que termine el día, o puede ofrecer el mismo creando una experiencia que deja una huella positiva en las personas. Como me recordó una creadora de marcas personales y comerciales, las experiencias que creamos son las huellas (o sea, la marca) que dejamos en los demás.

Por eso, la diferencia la hace la intencionalidad con la cual hacemos lo que hacemos. Por eso, el liderazgo no es un privilegio reservado solamente a unos pocos, sino —como me recordó el dirigente que encontré— una calidad y un potencial compartidos por todos. Como escribe Robin Sharma, “en tu último día lo único que de verdad importa es si has llegado a conocer a tu líder interior, y, en ese caso, si tuviste el valor de permitir que ofreciera al mundo sus dones. De lo contrario, el riesgo es de irnos de esta vida sin haber cantado nuestra canción”.

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