Por: Hernando Roa Suárez
Construir democracia

Liderazgos políticos democráticos (I): Alberto Lleras Camargo

El estudio de la historia nos indica el papel fundamental que desempeñan los estadistas en la conducción de las naciones.

Teniendo en cuenta el momento político crucial por el que atraviesa nuestra democracia, las próximas columnas serán dedicadas al abordaje de la problemática del liderazgo político democrático con base en análisis de casos. El lector cuidadoso sabrá elaborar sus propias reflexiones aplicables a la actual coyuntura. Iniciemos entonces con la presentación del liderazgo del señor presidente Alberto Lleras Camargo.

Lo conocí en 1957, cuando al descender de los riscos uniandinos se puso al frente del movimiento que más adelante definiría la configuración del Frente Nacional. Para el presente trabajo, me ocuparé de los siguientes ítems: El peso de la tradición y la búsqueda de una vocación; Evolución de una carrera; Periodismo y política; Forjador del Frente Nacional; Extractos de sus escritos; Balance para la juventud contemporánea; y Los últimos días. Veamos.

El peso de la tradición y la búsqueda de una vocación. Descendiente de servidores públicos (educadores, militares, sacerdotes y funcionarios), nació en Bogotá, el 3 de julio de 1906, y allí murió a la edad de 84 años. Desde temprana edad fue forjando su vocación, practicando en periódicos personales y estudiantiles y, ulteriormente, en los más importantes de Colombia y Argentina, para culminar en la fundación de una gran revista: Semana. Su pasión por la lectura lo llevó a adquirir una amplia cultura que complementaría con su impecable dominio de la palabra hablada y escrita.

Sabemos que hizo parte de Los Nuevos, con Ricardo Rendón, Jorge Zalamea y León de Greiff… Cuando tiene 20 años, busca nuevos rumbos y, gracias a una pequeña herencia, se dirige a Buenos Aires. Allí colabora con dos significantes diarios, y merced a su experiencia periodística acumulada, al regresar a Colombia, es designado jefe de redacción de El Tiempo, dirigido entonces por Eduardo Santos, con quien había dialogado sobre el tema en su encuentro en París. Posteriormente, se casó con la magnífica ciudadana chilena Bertha Puga con quien tuvo cuatro hijos: Consuelo, Alberto, Ximena y Marcela.

Evolución de una carrera. Hecho a pulso y con grandes limitaciones económicas, desarrolló su excepcional inteligencia e intuición política. En su dilatada vida pública, fue representante a la Cámara, secretario general del Partido Liberal, director de los diarios El Liberal, La Tarde y El Independiente, y colaborador de El Espectador y El Tiempo, así como de La Nación y El Mundo de Buenos Aires; director de la revista Visión y fundador de la revista Semana; presidente de la asociación de radiodifusión; concejal de Chía, diplomático en Uruguay, secretario general de la Presidencia de la República; ministro de Gobierno, de Educación y de Relaciones Exteriores; senador, embajador en Washington, director de la Unión Panamericana, primer secretario general de la OEA; rector de la Universidad de los Andes, primer designado y presidente de la República (1945- 46) y (1958-62).

Periodismo y política. Habiéndose consagrado desde su juventud al periodismo, comenzó a intervenir seriamente en política, a partir de 1930. A raíz del triunfo lopista de 1934, se comprometió plenamente con su opción de cambio. Es sabido que para la segunda elección de López (1942-46) se convirtió en un personaje político que contaba con la confianza plena del presidente. Al acceder al Solio de Bolívar en 1945, en condiciones políticamente conflictivas para el Partido Liberal, preside el debate por la Presidencia de 1946, dando plenas garantías a los contrincantes Jorge Eliécer Gaitán, Gabriel Turbay y Mariano Ospina. En ese año, entregó el poder al triunfador legítimo Mariano Ospina Pérez.

Como presidente constitucional para el período 1958-62,  después de ardua y estratégica lucha política contra la dictadura rojista, buscó que sus actos estuvieran investidos del imperio de la ley y de la eticidad, y así fue reconocido por sus compatriotas en la manifestación de agradecimiento que se le tributó frente al Palacio de San Carlos, al terminar su gobierno. Esa tarde sostuvo al finalizar la intervención: “En los próximos días seguiré siendo lo que he sido la mayor parte de mi vida: un periodista”.

Forjador del Frente Nacional. Si en 1953 habíamos llegado a la república invivible, el “golpe de opinión”, bautizado magistralmente por el maestro Echandía, permitió que Rojas Pinilla ascendiera al poder con el respaldo del 98% de los colombianos, y las manifestaciones espontáneas, en todas las capitales de departamento y en las ciudades intermedias, así lo confirmaron. Sin embargo, cuatro años después, el gobierno de Rojas, sus ministros y sus asesores demostraron falta de sentido de grandeza e incompetencia para conducir a Colombia, bajo los preceptos fundamentales de la democracia. Los acontecimientos de la Plaza de Toros de Santamaría fueron un precipitante que condujo finalmente al paro de los sectores financiero, bancario, industrial, comercial y estudiantil universitario, que desembocaron en el inolvidable 10 de mayo de 1957, con la organización de una Junta Militar, que serviría de puente hasta el 7 de agosto de 1958, cuando Alberto Lleras inició 16 años de gobiernos alternos, entre los partidos tradicionales. Cuarenta y cuatro años después de haber terminado el experimento, existen serias observaciones por los efectos nocivos del bipartidismo allí consignado. Sin embargo, no deben olvidarse las condiciones sociopolíticas existentes, en el momento de constituirse el Frente Nacional.

Para quienes iniciamos nuestras prácticas políticas en aquella época, la eticidad, la inteligencia extraordinaria, el carácter, la presencia, la capacidad oratoria, las convicciones democráticas, su visión de lo internacional, el testimonio de vida y la autenticidad del presidente Lleras Camargo fueron decisivas tanto para nuestro primer compromiso con el proceso democrático, como para el ejercicio de la vocación por el servicio público, años después.

Un símbolo de lo que fue la delicadeza con la que el presidente Alberto Lleras ejerció el poder lo podemos ilustrar con la siguiente historia: estábamos reunidos en Paipa, en la finquita de Nemesio Camacho, quien había sido secretario privado del presidente y le pregunté: “Nemesio, ¿quisieras contarnos una anécdota que te recuerde especialmente a Alberto Lleras?”. Él contestó: “Tengo muchas, pero voy a narrarles una significativa. Un viernes, al terminar la jornada en el Palacio de San Carlos, me dijo: Nemesio, te espero mañana a las 2:30 p.m., para tomarme un whisky contigo. Al cumplir la cita el sábado, bajó el presidente, me recibió, llamó al mensajero de Palacio, y sacando su billetera, le entregó un billete, solicitándole que comprara el whisky en un almacén cercano. Entonces yo le dije: presidente, pero hay whisky en las bodegas de San Carlos. Y él me contestó: “No, Nemesio, soy yo el que invita"[i].

Cuando en los últimos cuatro decenios hemos tenido que presenciar y padecer algunos gobiernos ejercidos con mediocridad, por quienes no tenían ni la capacidad, ni la formación, ni la eticidad, ni los méritos para alcanzar el más alto honor que Colombia concede a sus ciudadanos, la memoria del papel de estadista desempeñada por Alberto Lleras está allí para ser recogida por los futuros historiadores, los gobernantes y la juventud universitaria, deseosa de contribuir a construir democracia con eticidad.

Extractos de sus escritos. Para acercarnos a comprender la magnitud y calidad de su trabajo como escritor, periodista y político, se me presenta de gran utilidad revisar los cinco tomos de sus obras completas, editados por la Presidencia de la República en 1987, bajo la dirección de Otto Morales Benítez y reeditados por Villegas editores en 2006. A manera de muestra, disfrutemos los siguientes extractos del intervalo 1929-1979: La República Liberal. “Mientras el liberalismo no lleve sus mayorías a los consejos municipales, a las asambleas departamentales, al Senado y la Cámara de Representantes, el país no podrá sentir los beneficios de un auténtico régimen liberal, que transforme fundamentalmente las instituciones caducas de la hegemonía conservadora, que ya probaron a lo largo de media centuria su incapacidad para hacer el bienestar de las grandes masas trabajadoras y la efectiva prosperidad del país”. (La Tarde. Junio 30 de 1929).

El discurso de Hitler contiene la más formal amenaza que se haya hecho a nombre de la violencia a todos los países europeos. Si fuera tolerado, no podría volver a reinar la tranquilidad en el Viejo Mundo, porque jamás un lenguaje tan áspero e injurioso se había hablado, con la representación de un pueblo a otros pueblos”. (El Liberal. Septiembre 13 de 1938). El día del periodista. “Por eso el día del periodista, que hoy se celebra, no es sino un justo homenaje a los hombres rectos y laboriosos que desempeñan en la vida colombiana una magistratura sin beneficios, una función social mal retribuida económicamente y que tienen en sus manos un poder dado por el consentimiento público del cual no abusan, que no se ha corrompido jamás perdurablemente, y que no es una amenaza para la libertad, la dignidad y el fuero de los demás ciudadanos”. (El Liberal. diciembre 10 de 1939).

La política y las fuerzas armadas. “Les está vedado, por la misión que han recibido y la confianza que se ha depositado en ustedes, el participar de las disensiones y controversias de la gente civil, y hacerse parte de ellas, es decir, tomar partido en las luchas políticas. Ustedes tienen que ser en cualquier tiempo el símbolo de la unidad nacional, jamás el de su discordia. Alrededor de las Fuerzas Militares de la República tiene que estar el pueblo, potencialmente listo a la defensa de lo que es común a todos nuestros compatriotas”. (Presidencia de la República. Diciembre 5 de 1959).

Para un diario liberal antioqueño.El Mundo, seguramente, va a escribir para todos los antioqueños, de preferencia, pero para todo el país, y no sólo para los del Valle de Aburrá... Las ideas de libertad, de autonomía, de independencia, las ideas liberales, el liberalismo, eso arraigó muy bien en el suelo duro. Y los antioqueños fueron sus mejores voceros, Ñito, el indio Uribe, Uribe Uribe, Fidel Cano, y en general de todos los radicales antioqueños. Pero hacía falta ahora —porque los ha habido, y muy buenos— un periódico liberal antioqueño que, como suele decirse con metáfora, pero esta vez en la realidad, llene un vacío”. (El Tiempo. Abril 22 de 1979).

Balance para la juventud contemporánea.  Si un joven universitario me pregunta hoy: ¿Qué utilidad puede tener estudiar la vida y obra de Alberto Lleras? ¿Qué le podría responder? Aproximémonos: i) Él representa el ejemplo de un colombiano del siglo XX que, conocedor de los mejores testimonios de sus antepasados, se dio a la tarea de convertirse, primero, en un periodista; después en un gran escritor; y posteriormente, en un político que alcanzó los más altos reconocimientos como presidente de Colombia y primer secretario general de la OEA. ii) Para alcanzar esas metas, buscó consagradamente templar su carácter, a base de intensa lectura y escritura. Así mismo, fue muy cuidadoso de su inteligencia y amó la consagración al trabajo. iii) Tenía claro que la vocación de servicio y la búsqueda del prestigio que le podía ofrecer la política debían ir acompañadas de un ejercicio honesto de su actividad. iv) La democracia, así fuera imperfecta como la colombiana, era para él la mejor forma de gobierno y, por tanto, había que enfrentar las dictaduras que, en el decenio de los 50, querían enseñorearse en América Latina. v) El estudio de la historia nos indica el gran papel que desempeñan los líderes políticos en la conducción de las naciones y que si se desea alcanzar el reconocimiento positivo de sus compatriotas, deben ser auténticos; es decir, coherentes entre su ideología, principios, valores y la práctica ética de su vida política.

Los últimos días. Consciente del papel que había desempeñado en la política colombiana de los últimos 50 años, deseó que su final fuera acompañado de discreción y sobriedad[ii]. El testimonio de García Márquez se me presenta aleccionante al respecto: “Sin embargo quedamos sus sobrevivientes para recordar por él que en ningún momento de su vida pública tuvo Alberto Lleras un poder tan grande como el que irradiaba su imagen casi mítica desde las brumas de su refugio final, no sólo más grande que el poder enorme de sus momentos de mayores glorias, sino el más grande e invisible que hubo jamás en la Colombia de su tiempo. Él lo ejerció en silencio desde los umbrales del olvido, tal vez sin saberlo, quizás a sabiendas, pero no con artimañas de patriarca jubilado, sino con sus artes mágicas de escritor, hasta el día de su muerte sigilosa y suya, y en su cama”.

Los 112 años que conmemoramos de su nacimiento son una feliz ocasión para que los colombianos, que fuimos testigos de su consagrada labor y de la eticidad con la que ejerció la Primera Magistratura de Colombia, le rindamos nuestro tributo de admiración al servidor público ejemplar, y al latinoamericano que —de acuerdo con sus convicciones— buscó, por, sobre todo, la defensa de los valores sustantivos de la democracia en el continente americano. Al tomar distancia frente a su papel de escritor, periodista, político e internacionalista, podemos reconocerlo como un incisivo analista, y quienes reescriban la historia de Colombia del siglo XX encontrarán en él a un civilista que ha merecido el título de estadista.

A los lectores: felices fiestas y mis mejores anhelos por un 2018 pleno de realizaciones.

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Referencias

[i] El lector cuidadoso podrá sacar sus conclusiones respecto de esa actitud y las que hemos observado posteriormente, a partir de 1970 hasta la fecha (2017), en algunos de los que han ejercido la más alta dignidad colombiana.

[ii] La carta dirigida —con adecuada anticipación— a su hijo Alberto, dándole instrucciones sobre las condiciones en que debía realizarse su sepelio, es ejemplar en la historia de Colombia.

 

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