Por: Carlos Granés

Lima limón

En el capítulo 42 de su inmortal Moby Dick, Herman Melville hace un recuento de cosas color blanco que, como la ballena que persigue el fanatizado capitán Ahab, son la imagen viva del terror.

Entre ellas, Melville se detiene en Lima, la capital peruana, que por culpa de aquel velo blanco que la recubre buena parte del año —la famosa neblina limeña—, aparece ante los ojos del narrador como la ciudad más extraña y triste de la tierra.

Hasta hace poco más de 10 años, en efecto, Lima daba la impresión de ser una ciudad estancada en los años ochenta, incapaz de sacudirse de una sombra oscura que daba un aire depresivo y aciago a sus productos culturales. No en vano el primer grupo de punk, Los Saicos, salió espontáneamente de Lima en 1964, no de Nueva York o Londres, como suele creerse, cantando “Demoler, demoler la estación de tren”, y 20 años después, contaminado por la misma destemplanza, Vargas Llosa escribía: “Si uno vive en Lima tiene que habituarse a la miseria y a la mugre o volverse loco o suicidarse”. Durante esos años, además, Sendero Luminoso dinamitaba las torres eléctricas, dejando a Lima en tinieblas, apenas iluminada por las antorchas que hacían arder en los cerros con la forma de la hoz y el martillo. Se respiraba un aire denso y se sentía el opresivo peso del subdesarrollo, la falta de oportunidades y alternativas. Óscar Malca, a principios de los noventa, transmitía esa atmósfera en su novela Al final de la calle, un fresco brumoso de la Lima profunda, poblada de jóvenes desesperanzados y sin futuro. Lima era, todavía, la abominable urbe que había descrito Sebastián Salazar Bondy en su ensayo Lima la horrible.

Cómo ha cambiado todo desde entonces. El extranjero que visita hoy en día Lima y pasea por el malecón de Miraflores, los parques de San Isidro, las casonas de Barranco; o que deambula por San Miguel, por Lince, por Magdalena, nota un cambio sorprendente. La ciudad está impecable, alegre y llena de optimismo. En Lima, donde todo estaba por hacer, se dieron las condiciones políticas y sociales para que muchos peruanos que habían salido de su país en los noventa se arriesgaran a volver cargados de proyectos. Se han abierto todo tipo de negocios, hay una nueva movida musical interesante y la revista Etiqueta Negra se ha convertido en un referente de la nueva crónica latinoamericana. Los restaurantes son un aliciente indiscutible para el turismo gastronómico, ya no sólo por el empeño de Gastón Acurio, sino por muchos otros chefs que se han dedicado a fusionar los productos de los Andes y de la Amazonia con los mariscos, los secos y demás platos típicos peruanos. Como si fuera poco, Lima ya tiene su primera línea de metro, y la alcaldesa Susana Villarán, después de resistir a un intento de revocación de mandato, sigue adelante en su osado empeño de acabar con las mafias del transporte urbano y reordenar el mercado La Parada. Bogotá, que hasta hace sólo unos pocos años estaba a años luz de Lima, ahora debe ver cómo la horrible, la sin lágrimas, la ciudad más extraña y triste de la tierra, cumple las promesas que siguen siendo letra muerta en boca de sus políticos.

 

* Carlos Granés

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