Por: Mauricio García Villegas

Límites de velocidad

LAS SEÑALES DE TRÁNSITO QUE INdican los límites de velocidad en las carreteras de Colombia se parecen mucho a aquello que los adolescentes llaman “la cantaleta de los papás”.

En lugar de oír una norma de conducta, o una recomendación, como creen los padres, los muchachos terminan oyendo un ruido, una cantinela a la que no le paran bolas. Asimismo, en lugar de ver señales de tránsito, los conductores colombianos sólo vemos contaminación visual. En ninguno de los dos casos se toma en serio la autoridad. Más aún, ni siquiera la autoridad se toma en serio lo que ella misma ordena. Acepta que las cosas son así, por ejemplo que los hijos son irremediablemente desordenados, y que muy poco se puede hacer para cambiarlos. Pero no desfallece en la crítica, como queriendo salvar al menos el honor de la norma que se irrespeta.

Lo que no siempre tiene en cuenta la autoridad –el padre o la policía– es que, a veces, la norma se vuelve cantaleta porque es percibida como algo excesivo o demasiado costoso. Este es el caso de las señales de tránsito: los límites máximos de velocidad suelen ser tan bajitos, que nadie está dispuesto a acatarlos (lo cual es, de rebote, una razón para que nadie los acepte). Pongo un ejemplo. En la carretera que va de Bogotá a La Vega, pasando por el alto de El Vino, una de las pocas carreteras colombianas que tienen un trazado moderno –curvas amplias y carriles anchos– el límite de velocidad es ridículamente bajo: treinta kilómetros por hora en casi todo el descenso desde la Sabana de Bogotá hasta La Vega. Por supuesto nadie, salvo los varados y empezando por la mismísima policía, cumple con esa norma. Todos bajan a una velocidad que oscila entre cincuenta y ochenta kilómetros por hora. En esas condiciones, el que va a treinta, o a veinte, es un peligro.

Es necesario que existan límites de velocidad en las carreteras. De eso no tengo la menor duda, sobre todo en un país como Colombia, en donde el exceso de velocidad es la primera causa de accidentalidad vial. Lo que no tiene sentido es creer que el problema se soluciona haciendo normas más severas y no más razonables. Las normas que exigen demasiado, se desobedecen tanto como las que exigen muy poco. A partir de un cierto nivel de exigencia, la norma empieza a perder eficacia, hasta perderla casi toda. Cuando eso sucede, se crea una especie de situación esquizofrénica en donde normas ideales van paralelas a realidades caóticas, sin que entre ellas exista relación alguna.

Ahora que está a punto de expedirse una ley de tránsito que modifica los límites de velocidad en las carreteras, vale la pena poner de presente que la reducción de la accidentalidad es una tarea mucho más compleja y exigente que el simple cambio de normas. No hay duda de que en Colombia mucha gente se mata en las carreteras por ir demasiado rápido. Pero no creo que la causa de esa conducta esté en los límites de velocidad que tenemos –ni estará en los límites que se impondrán en la ley que viene– sino en la falta de dos cosas: cultura ciudadana y sanciones efectivas impuestas a partir de señales claras y razonables. 

Aunque pensándolo bien, las señales de velocidad sí pueden ser una causa de la accidentalidad vial, pero no por la velocidad que indican, sino porque, a falta de cultura ciudadana, de sanciones efectivas, y de límites razonables, los conductores las vemos como contaminación visual, como cantaleta y por eso vamos por el país como si no existieran.

* Profesor de la Universidad Nacional e investigador de Dejusticia.

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