Por: Carolina Sanín

Limosna I

La exposición cotidiana a la mendicidad, año tras año y durante toda la vida, tiene que haber condicionado, creo yo, el comportamiento de los bogotanos.

Oír y ver la pregunta que el mendigo plantea —la pregunta que el pordiosero es, la falta que él señala en el mundo—, pretendiendo un día sí y otro también que se puede vivir con transparencia sin la respuesta, tiene que deformar a un nivel profundo nuestra sensibilidad, tiene que determinar los imaginarios de nuestra convivencia, moldear nuestra percepción del espacio. Habría que pensar en las ironías éticas del diálogo entre el que pide y el que da o no da. Yo no lo he pensado, y probablemente mañana tampoco lo haré aunque sospeche la magnitud de la deuda que acumulo. ¿Qué siento ante esa experiencia que me revela que en mi ciudad se vive una vida de escasez inimaginable para mí (y que me muestra, por tanto, que mi ciudad no es mía), ante esa oportunidad que se reitera todos los días y que cada vez queda en el olvido? ¿La siento como triste, incómoda, indignante, violenta, dulce, o tan insignificante como el monto de la limosna misma? La pregunta que la aparición del mendigo plantea no se responde con dar ni con retener. Se le repite a quien viene detrás de mí en la calle, y a mí misma la próxima vez que doblo aquella esquina. Es una inquietud interminable.

A veces la decisiva encrucijada de la limosna no parece más que una grieta en el pavimento, un diminuto obstáculo. Voy caminando y el otro me sale al paso. Su cara es una interferencia en mi velocidad, una interrupción de mi proyección en el paisaje. De hecho, a menudo es una cara sin rasgos ni edad, tiznada, sucia, enredada, tachada. Lo que esa cara que falta me enseña es que un hombre para otro hombre puede no ser nadie. Que puedo hacer como si un hombre vivo no existiera. El otro, la otra, me sale al paso —se mete en mi destino— y me pide. No me dice cuánto. Me pide infinitamente. Me informa que tengo algo. Y me propone que nuestro encuentro sea algo para él; que yo traduzca mi presencia a un acontecimiento. Me ofrece un desvío en la relación que tengo con la materialidad (en el círculo de dar mi tiempo, ganar dinero, consumir cosas y recorrer esa calle siempre igual) con el anuncio de la posibilidad —mágica, por así decirlo— de una circulación sin intercambio.

El primer gesto es de invasión, y a la invasión no sigue una conquista. Quizás siento que es mi debilidad contra la del mendigo. Entonces miento: digo que no tengo. O ignoro al interrogador simulando que lo ignoro, y con ello me digo algo así como “yo voy por mi camino, yo tengo un camino”. O sea, que al mismo tiempo que digo que no tengo nada para otro, digo que tengo a donde llegar: me contradigo. A veces doy un poco. No es una respuesta, ni lo sería si diera mucho. No por el comodín de “mejor enséñale a pescar” con el que las señoras y los señores bogotanos suelen resolver el dilema (sin que enseñen a pescar tampoco, y además ¿a pescar qué?, ¿a pescar transeúntes?), sino porque lo que me quedo sintiendo, cuando doy, es que me pedían otra cosa. Mejor dicho, nuevamente, que no me pedían sino que me preguntaban, que ponían en cuestión mi capacidad de responder, toda mi responsabilidad.

Pero yo quería era hablar de la especie de misa simulada que se celebra en las cajas de los supermercados bogotanos últimamente. Uno paga, y si el cambio que le deben dar es tan poco que con él no se puede adquirir nada, la cajera le pregunta si quiere donarlo. Hay una especie de ofertorio, comunión y colecta, todo en uno, cuando llega el turno en la fila. La próxima vez trataré de hablar de esa y otras escenas limosneras que nos hemos inventado.

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