Por: Carolina Sanín

Limosna II

Escribía la vez pasada que el pordiosero es, él mismo, una pregunta para aquel de quien pordiosea (¿El pordioseado? ¿El requerido? Es significativo que esa segunda persona de la relación no tenga nombre; que no tenga un personaje), y decía que la aparición del rostro ignorado del mendigo en el camino del otro conlleva un cuestionamiento interminable, no sólo por su reiteración (a cada peatón, en cada esquina) sino también por su indeterminación.

 Al final me proponía hablar la vez siguiente sobre algunas versiones de la limosna en Bogotá. De éstas, lo que más me intriga es la distancia que se establece, a través de una teatralidad rígida, entre el acto de caridad y la persona del necesitado.

Cada vez que me subo en un bus oigo un parlamento recitado idénticamente por personas que no se conocen entre sí. Primero viene la introducción: “Buenos días, señores y señoras. Permítanme que les interrumpa uno o dos minutos de su tiempo. El día de hoy les vengo ofreciendo…”. Luego, el híbrido entre mendigo, publicista y vendedor regaña a aquellos espectadores que no participan en el performance: “Gracias a las personas con cultura que contestaron mis buenos días”. De ahí pasa a la amenaza: dice que cuenta con la generosidad del público y que vende esos “deliciosos productos” pues no quiere robar. Pero lo más curioso es la cadencia del discurso: el pedidor habla en versos medidos y con acento de doblaje mexicano. Es una especie de mediatización del lenguaje de la mendicidad que separa a la persona que pide (un actor de quien no se sabe ni siquiera cómo habla) de su necesidad (representada como melodrama); una especie de mendicidad de propaganda.

Otra de estas encrucijadas entre comercio, representación y mendicidad es la colecta en los supermercados. Como en la colecta de la iglesia, en ella el mendigo está ausente. El consumidor ha pasado por las góndolas conociendo en persona los productos que antes ha visto actuar en comerciales: el jabón para lavar platos con extracto de avena (para realizar un ritual medio caníbal de limpiar comida con comida) y el yogur digestivo de la que dice en televisión: “La buena noticia es que ya no estoy inflada” (como si hubiera parido al mismo yogur). Tan personificados están los productos tras haber sido personajes de anuncios, que el consumidor al mismo tiempo los compra y los adopta.

Después de esa especie de ofertorio, el consumidor hace fila para pagar junto con los otros comulgantes. De lo que paga le sobran $40. La cajera le pregunta, siempre igual, si quiere donarlos. Hay un instante de confusión, casi de sueño, pues hace años que los colombianos no vemos $40: no hay en Colombia monedas de 20 ni de 10 ni de 5 ni de menos, de modo que el único lugar donde $40 existen, así solos, es en el enunciado de la cajera. Por otra parte, ésta no sólo representa al supermercado: representa también al necesitado. En la solidaridad y la culpabilidad del comprador de Carulla incide el saber que ella no podría comprar en ese mismo lugar. El supermercado pone a su empleada en el papel de pordiosera.

Y están los otros consumidores de la fila, y está el juicio social: ¿Quién será tan miserable como para no donar $40? Por lo general yo, pues no me gusta que me pidan por favor algo que me están reteniendo. A veces, tras mi negativa, me devuelven una moneda de $50, con lo cual quedo en el papel de quien recibe la dádiva. Pero una vez sucedió que me entregaron el cambio exacto. De modo que sí existen las monedas de 20. Se guardan en secreto en el fondo de las cajas del supermercado y, de lo escasas que son, estas limosnas hacen el papel de monedas de oro.

 

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