Por: Arturo Charria

Lipograma contra la desaparición forzada

El daño provocado por la desaparición forzada es imposible de dimensionar y no cabe en las palabras. Son noches enteras sin dormir: a veces el sonido sobre la madera, el repicar del teléfono o las sombras indefinibles de la nostalgia son vagas señales de ese dolor interminable.

En varias ocasiones he conocido, por la voz de los propios familiares, las historias de largas noches en donde imaginan formas distintas de asesinato de las personas amadas. Así, los victimarios tienen como propósito no solo la desaparición, sino afectar el entorno de la víctima. Por eso, los familiares de las personas desaparecidas gritan, con rabia y con amor: “Vivos se los llevaron. Vivos los esperamos”. En esa frase está contenido el reclamo al Estado y a la sociedad, a los primeros por responsabilidad y omisión, a nosotros por la indolencia y por mantener la cotidianidad de la vida, como si la desaparición de otros no significara también la de nosotros mismos.

Pero los desaparecidos no son noticia. Son fantasmas y cifras sin rostros. Sin cadáver no hay registro y no parece haber responsable. De los desaparecidos nada se sabe, salvo el padecimiento de la espera. A veces, por confesión de los asesinos o por la investigación de los familiares, aparecen los restos y las prendas carcomidas por el tiempo. Sin embargo, eso no elimina la desaparición, esta persiste. ¡No termina el dolor hasta encontrarlos a todos!

Georges Perec, novelista francés, escribió La disparition (La desaparición) en 1969. En ese texto Perec eliminó la letra “e”. Los primeros lectores no se percataron de dicha abolición. La trama se centra en la misteriosa desaparición de Tonio Vocel y la incompetencia de la policía para resolver el caso. Sin embargo, el trasfondo de la novela es personal: la madre del escritor es llevada a Aschwitz, y allí es desaparecida, como otros tantos millones de personas. Para Perec, el dolor no sólo era por la pérdida de la madre, sino por la certeza de cómo la gente podía mantener los hábitos cotidianos, ante la desaparición constante de personas.

No son pocas las obras artísticas realizadas con el propósito de hacer visible el horror de la desaparición forzada. En Colombia, la obra de teatro La siempreviva es el referente inmediato sobre la toma y retoma del Palacio. Basta con recordar el drama de la madre, esperando el regreso de la hija, para comprender el sentido de la palabra pérdida. La espera de esa madre sobre el escenario contiene el padecimiento diario de miles de personas en todo el continente. Esa espera no termina, es constante y cotidiana: está en las calles, en la canción amada, en los libros leídos y en el rostro trazado cada mañana en la memoria, ese incapaz de envejecer en las fotografías.

Este 30 de agosto miles de personas en Colombia recordarán, otra vez, a los familiares desaparecidos, como lo hacen cada día desde hace años. Es necesario reflexionar este día sobre la pérdida y la cotidianidad detrás de la desaparición forzada. Georges Perec nos propone hacerlo a través de las palabras y la eliminación de la “e”. Yo intento manifestar mi dolor con este lipograma contra la desaparición forzada, eliminando, en todo el escrito, la vocal inexistente en la palabra desaparición.

No solo se trata de evitar ciertas palabras. Sino de pensar esa realidad innombrable para sentir el peso de esa desaparición imperceptible. Son expresiones necesarias para comprender las emociones cotidianas ¿Cómo vivir si las palabras necesarias para nombrar la realidad se desvanecen y se tornan prohibidas? Cada lector podría elaborar la lista de la propia pérdida y comprendería entonces: “no son solo palabras”, sino personas, amores, el pasado, la vida. No podemos olvidar: las cosas existen si podemos nombrarlas, de lo contrario, solo serían sombras en la niebla del olvido.

* Los lipogramas implican la eliminación de ciertas letras en los escritos. Como este texto, en donde se eliminó la vocal final del abecedario.

 

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