Por: Santiago Gamboa

Literatura de viajes

VIAJAR, RECORRER EL MUNDO Y, AL hacerlo, encontrar un motivo para escribir.

Pienso sobre esto en San Juan de Puerto Rico, invitado al II Festival de la Palabra, organizado por la escritora boricua Mayra Santos Febres, junto a los mexicanos Jorge Volpi y Guadalupe Nettel, los argentinos Marcelo Birmajer y Andrés Neuman, los cubanos Ronaldo Menéndez y Karla Suárez, el norteamericano Oscar Hijuelos, la española Ana María Matute; el guineano César Mbo y los peruanos Santiago Roncagliolo e Iván Thays, entre otros.

Roncagliolo, en su charla, menciona a Paul Theroux, el gran escritor de viajes a quien entrevistó, y recuerda que al preguntarle qué consejo daba a los jóvenes narradores, Theroux dijo: “Hay dos consejos importantes: lee muchos libros y lárgate de tu casa”.

Un viajero es básicamente un tipo solitario con los ojos bien abiertos, que escruta el mundo. Observa a sus compañeros de vagón, de compartimiento, de sillón. Come solo en restaurantes móviles o flotantes, sin dejar de pensar. Y piensa y escribe porque está solo. Lee los periódicos y anota algunas opiniones. Lee algún libro y lo subraya, por lo general de autores del lugar por donde pasa. Desde la soledad los demás se ven no como individualidades sino como tipos humanos (formas humanas). En los viajes se ve, por ejemplo, el amor. Todo el mundo ama a alguien. Todos extrañan a alguien que vino al aeropuerto o a la estación y les hizo, a lo lejos, un sentido adiós. Todo el mundo tiene una sobrina preferida a la que compró un vestido típico, unos padres a los que lleva una artesanía y una botella de vino. Todo el mundo ama a alguien. En el fondo, es lo más banal y al mismo tiempo único de nuestra experiencia.

El escritor de viajes no viaja para escribir. Tal vez esto hace el cronista, el que debe redactar una convincente historia para un medio impreso. El escritor de viajes va un poco más allá: viaja para que lugares remotos y personas de otros mundos modifiquen su espíritu, lo transformen. El libro es el resultado de esa transformación.

¿Cuáles son sus armas?

El poder descriptivo, acompañado de un buen glosario. Pierre Loti nos enseña que cada cosa en este mundo tiene un nombre, y describir, muchas veces, consiste en encontrar ese nombre.

Soledad. Dice Nicholas Shakespeare, en su introducción a las obras de Bruce Chatwin, que la soledad acentúa lo que hay en una persona. El bebedor beberá, el devoto rezará, el solitario tenderá a encerrarse en sí mismo. Y el escritor… escribirá. La soledad también hace más intensas las creencias, los credos estéticos.

Buen oído. Los diálogos, lo que dicen los demás. Es necesario saber escuchar, estar atento. Y esto incluye saber elegir al que, hablando, nos muestra el alma de los lugares o las cosas. Y esto nos lleva al último punto.

Intuición. Nos indica, ante dos caminos, cuál tomar. Ante dos compartimientos de tren con un puesto vacío, en cuál sentarnos. Ante dos o más conversaciones, a cuál acercar nuestra oreja. Pero nada de lo anterior tiene validez sin un arma fundamental, tal vez la única imprescindible: la vocación, la capacidad de hacer un esfuerzo sostenido, de llevarlo a término. Y esto en el fondo equivale a decir: un desmedido amor por los libros.

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