Literatura y política

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No se podía esperar la promoción de las artes por parte de un gobierno de ultraderecha que manifiesta un impreciso desprecio por los que señalan a través de un canto, un baile, un poema, un ensayo, una crónica, una pieza de teatro, una vela, un cuadro, un cómic que el emperador va desnudo o que su corona es de nieve bajo el sol, parafraseando los versos del poeta Juan Manuel Roca.

Poco a poco siembran el discurso unánime que idiotiza y cosechan la ambigüedad: Cierran una revista, posicionan un ventrílocuo para que reescriba con falacias la memoria de la guerra, borran de un tajo la labor de trabajadores de la cultura sin argumentos de hecho, mas con argumentos emocionales. Así el gobierno de Uribe III: excluyente y rosquero.

Una ya no se sorprende de la ambigüedad, del doble discurso que caracteriza a los gobernantes de este país. Y es que de  ambigüedad está construido su discurso, entonces  como dice Costas Mavrudís en el estupendo libro La inmortalidad de los perros. “Ciertamente la ambigüedad no miente nunca (…) Eso sí no sabemos cuál de las verdades tiene validez”.

Pero he aquí que el accionar de quienes detentan el poder político es similar a quienes detentan el poder literario y artístico. Nada como el ejemplo para contaminar, el ejemplo que como río desbocado se mete en todos los vericuetos del predio al que desea inundar. De ahí que los mismos escritores y llamados “trabajadores de la cultura” replican el modelo excluyente, racista, patriarcal y centralista de la política, así se autoerijan como adalides del progresismo. ¿Acaso es fácil para una escritora que no viva en Bogotá, que no sea blanca y bonita (¡Ah, la relatividad de la belleza física!) que no hable inglés escribir con la tranquilidad que una vez terminado el libro hallará de inmediato una editorial?

Pienso que esa crueldad de los políticos se reproduce de manera idéntica entre los excluyentes dueños del poder artístico y literario radicado en Bogotá.  Cuando empezaba a escribir, por allá en los 90, leía sobre las generaciones y grupos poéticos canonizados por antólogos del Estado cómo Juan Gustavo Cobo Borda, Andrés Holguín y la misma María Mercedes Carranza. Leía sobre los miembros del Modernismo, Posmodernismo, Cuadernícolas, Piedra y Cielo, Los Nuevos, El Nadaísmo, la Generación Desencantada y me preguntaba en silencio ¿Dónde estarán las mujeres poetas en esta  “Historia de la poesía colombiana”? Tuve que esperar hasta que el Magazín Dominical sacara aquella inolvidable portada con las cédulas de los miembros de la Generación sin nombre para conocer a María Mercedes Carranza. Claro que, al margen, leía a Meira Delmar, Olga Helena Mattei, Emilia Ayarza, Anabel Torres, Renata Durán, Orietta Lozano. Pero, ¿Por qué no estaban en esas institucionales selecciones y antología?

Hoy, como dice Lampedusa, hemos cambiado para seguir igual. Es sólo ser bogotana(o) o antioqueño(a) para tener garantizada la calidad y la visibilidad. Es sólo ser blanca(o) y estar en los circuitos poderosos (así se llama en la literatura, lo que en política es la rosca). Y el resto de las Ferias del libro regionales (en una suerte de colonialismo mental) rinde pleitesía a ese orden elitista que ahora se ve agredido por ese otro orden poderoso llamado político del que se diferencia poco o nada.
 

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