Por: Beatriz Vanegas Athías

“Litigante”

Litigante es la película del director Franco Lolli que se estrenó el 21 de noviembre (el mismo día del estallido del paro nacional). Es además la película que protagoniza la escritora y profesora Carolina Sanín, detestada por muchos y admirada por tantos más; entre estos últimos me incluyo, debo decirlo, sobre todo en tiempos en los que nadie se la juega por el otro. Tres veces he padecido la historia de Silvia. La primera, en septiembre durante el Festival de Cine de Santander y la segunda y tercera, ahora que el filme lleva dos semanas en cartelera.

Siento que he asistido a una historia que hace parte de la tragedia humana: la tragedia del amor filial. Acostumbrados al rebaño, el primer grupo en el que nos inscribimos (¿nos inscriben?) es ese formado por la madre, el padre y los hermanos, o sus variaciones rulfianas, o las formas familiares producto de las guerras en las que es posible que no estén ni el padre ni la madre sino la abuela o el tío y la tía. Creemos que es el espacio de protección más infalible. Pero Litigante se encarga de decir lo contrario.

Silvia, la protagonista, mantiene su litigio con todos los mundos que habita, pero especialmente con el de la familia que le tocó habitar; familia representada por una madre que sólo tiene la pugnacidad para relacionarse con ella, tal vez porque madre e hija son iguales: se detestan, pero se requieren. Una madre cuyas decisiones no tienen matices: o vives con dignidad o te mueres, pero que también es vacilante, entonces toma la decisión de tratar médicamente su cáncer. La madre que te absorbe, te manipula, que intenta controlar a Silvia. La hija que soporta, es paciente, ama a su manera a la madre y no se deja controlar. La tragedia de Silvia es que sabe que la familia es su cárcel pero tácitamente desea permanecer en ella.

Y ello hace aparecer ese ambiente de amarga tensión en el que transcurre la historia. No en vano el padecimiento físico de la madre es una metáfora de la vida: días buenos, días regulares, días pésimos. Puede uno leer ese debatirse de Silvia entre el deseo de que la madre sobreviva o de que descanse (los deje descansar) de una buena vez, porque alrededor de su drama central sucede que tampoco nada funciona: ni su trabajo, ni el intento de tener un amor, ni la crianza del hijo, ni sus relaciones sociales; estas últimas no funcionan porque son inexistentes.

La puesta en escena de una historia de batallas interiores que ocurren en espacios como un estrado judicial, una cabina de radio, la oficina, un aula de clase, la sala de quimioterapia de un hospital, la sala y las habitaciones de la casa, es otro acierto de Litigante en comparación con la tradición del cine colombiano de escenificar conflictos exteriores en donde se privilegia el daño físico dejado por la bala, la granada, la tortura, la masacre, el bareto o el maltrato familiar físico. Porque esas guerras interiores han ocasionado tantas víctimas como las infligidas en el campo abierto.

Las actuaciones de Carolina Sanín (quien sorprende porque va con destreza de representarse a sí misma a asumirse Silvia), Leticia Gómez (fuerte, contundente, conmovedora), Vladimir Durán y Alejandra Sarria (moderados y rigurosos) otorgan a la historia la credibilidad que hace que los espectadores volvamos a leer Litigante hasta tres veces, como ocurrió en mi caso.

Coletilla. El pueblo no se rinde, carajo. #ParoNacional continúa.

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