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hace 4 horas
Por: Cartas de los lectores

¿Llamado a la reflexión y al sentido común?

El artículo de Leo Castillo (“El feminismo, ¿otro totalitarismo?”, El Espectador, martes 16 de enero de 2018) no cumple con ese propósito inicial: el autor no hace sino entrar a su vez en el baile de distorsiones y exageraciones que enturbian los últimos debates sobre la campaña del #MeToo y la carta de las cien “valientes” francesas. El autor se fabrica una interlocutora ficticia, una de esas feministas totalitarias a quien quiere desautorizar, para hacerle proferir en modo ventrílocuo las estupideces que él necesita refutar: como que el acoso sexual del que el mismo autor cuenta que fue víctima en dos ocasiones no debe ser considerado, ni denunciado como tal. Por algún motivo incomprensible, el autor dice: “No sería honesto de parte mía decir que se trataba de acoso sexual…”, justo antes de contarnos un incidente que él padeció y que entra, sin duda alguna, en esa categoría; sin embargo, más abajo ataca a su interlocutora imaginaria por alegar que “ese toqueteo no era de connotaciones eróticas”.

Esa técnica de inventarse un adversario bien simplón que encarne los abusos que uno quiere denunciar es muy vieja y muy trillada, y no implica casi ninguna reflexión real por parte del autor. Por supuesto que hay excesos entre las múltiples y contradictorias vertientes del feminismo; debe incluso haber feministas lo bastante estúpidas para decir (y creer) que los acosos cometidos por hombres contra hombres o mujeres contra hombres (o contra mujeres) no son acoso, porque los únicos acosadores son los hombres, con su libido bestial e incontrolable. Por supuesto que habrá algunas, aunque dudo de que sean mayoría. En todos los grupos humanos —sociales, étnicos, sexuales, políticos— hay una cuota mayor o menor de imbéciles, y es una táctica muy agradable para el polemista la de identificar todo el grupo con sus ejemplares más tontos para poder tumbar fácilmente sus posiciones. También ha sido siempre un método insidioso para ensuciar y descalificar incluso los planteamientos sensatos y justos del grupo en cuestión.

¿Por qué el autor no se dio a la tarea, más difícil pero bastante más interesante, de dialogar con el feminismo inteligente? ¿Tal vez porque en realidad sabe muy poco del asunto? (Dice, por ejemplo: “El feminismo, que yo sepa, se ocuparía de asuntos que sólo afectan a la mujer”, otra simplificación absurda, pero útil para el propósito del artículo). Pero hay gente, y no poca, que sabe que el feminismo en sus vertientes más interesantes es una forma de humanismo: sabe que la mujer pertenece a una sociedad humana hecha de hombres, mujeres, niñas y niños; por lo tanto, no concibe el respeto que se le debe a la mujer independientemente del que se debe al hombre, o a los niños (y ninguna de esas formas de respeto pasa por ser “caballeros” o “damas”, dos conceptos igualmente detestables). Ese feminismo sabe que la única relación sana entre los seres humanos es el respeto mutuo más allá de las diferencias de sexo, color de piel u orientación sexual, religiosa o política. Si la mayoría de las feministas insisten todavía más en el respeto a la mujer que en el que se le debe al hombre, podría ser porque, en ese campo, estamos todavía lejos de equilibrar la balanza entre los sexos, aunque el autor del artículo no lo quiera ver.

Patricia Simonson

 

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