Por: Nicholas D. Kristof

Llega a casa el capitalismo de compadrazgo

Cada vez que escribo sobre el Ocupa Wall Street, algunos lectores me preguntan si los manifestantes realmente son comunistas medio desnudos que se proponen echar por tierra el sistema económico de Estados Unidos cuando no están drogándose o teniendo relaciones sexuales en público.

La respuesta es no. Esa alarmista percepción del movimiento es uno de los resultados de la lasciva imaginación de sus detractores, y los voyeristas de Ocupación Wall Street terminarán decepcionados. Un aspecto de mayor importancia es que, mientras los alarmistas al parecer piensan que el movimiento es una “turba” intentando derrocar el capitalismo, se puede exponer el argumento en cuanto a que, al contrario, pone de relieve la necesidad de restablecer principios básicos del capitalismo como la rendición de cuentas.

Para expresarlo de otra manera, esta es una oportunidad de salvar al capitalismo de los capitalistas de compadrazgo.

Soy un apasionado creyente del capitalismo tanto como cualquiera. Mis primos Krzysztofowicz (quienes no acortaron el apellido familiar) vivieron en Polonia y su experiencia con el comunismo me enseñó que la manera de elevar los niveles de vida está en el capitalismo.

Pero, en años recientes, algunos financieros han optado por vivir con subvenciones y favoritismos apoyados por el gobierno. Al parecer, su plataforma es socialismo para los magnates y capitalismo para el resto de nosotros. Ellos no son malvados ni en lo más mínimo. Pero, cuando el sistema te permite más de tu parte justa, es humano arrebatar. Eso explica la práctica de contratar más empleados de los necesarios o limitar su producción por parte tanto de sindicatos como de magnates, y ambos son impedimentos para una eficaz economía de mercado.

Cuando viví en Asia y cubrí las crisis financieras, allá a finales de los años 90, funcionarios del gobierno estadounidense criticaban con dureza el “capitalismo de compadrazgo” en la región. Como lo dijo Lawrence Summers, en esa época uno de los subsecretarios del Tesoro, en un discurso de agosto de 1998, “en Asia los problemas relacionados con el ‘capitalismo de compadrazgo’ están en el centro de esta crisis, y es por ello que las reformas estructurales deben ser un elemento importante” de la solución del Fondo Monetario Internacional.

La crítica de Estados Unidos sobre la crisis asiática era correcta. Los países involucrados eran nominalmente capitalistas, pero necesitaban importantes reformas para crear transparencia y mercados competitivos.

Algo similar es cierto actualmente con respecto a Estados Unidos.

Así que me gustaría invitar a los ministros de Finanzas de Tailandia, Corea del Sur e Indonesia —a los cuales tanto yo como otros estadounidenses considerábamos emblemas del capitalismo de compadrazgo en los años 90— a que salgan a denunciar el capitalismo de compadrazgo que se vive ahora en Estados Unidos.

En parte, el capitalismo es tan exitoso como sistema económico debido a una disciplina interna que permite pérdidas e incluso la bancarrota. Es la posibilidad de fracaso lo que crea la oportunidad del triunfo. Sin embargo, muchos de los principales bancos de Estados Unidos son demasiado grandes para fallar, así que pueden privatizar las ganancias al tiempo que socializan el riesgo.

El resultado de esto es que las instituciones financieras impulsan el apalancamiento en busca de ganancias y bonos desmedidos. Los bancos pretenden que el riesgo se elimine, porque está titularizado. Las agencias de índices de crédito aceptan dinero por emitir un sello de aprobación que resulta carente de significado. El sistema se tambalea y entonces el contribuyente fiscal se apresura a rescatar a los banqueros. ¿Dónde está la rendición de cuentas?

No sólo son los alborotadores de Ocupación Wall Street quienes están buscando poner a los capitalistas estadounidenses sobre una base más capitalista. “Hace falta un cambio estructural”, dijo Paul Volcker, el expresidente de la Reserva Federal, en un importante discurso del mes pasado que giró en torno a muchos de estos temas. Se pronunció en favor de más frenos para grandes bancos, posiblemente, incluso, una reducción de su tamaño, advirtiendo que, de lo contario, estamos en una senda “cada vez más frecuente, compleja y peligrosa de colapsos financieros”.

De manera similar, Mohamed el-Erian, otro pilar del mundo financiero que es el CEO de Pimco, uno de los mayores administradores de dinero en el mundo, simpatiza con algunos aspectos del movimiento de Ocupación. Me dijo que el sistema económico necesita progresar hacia un “capitalismo incluyente” y aceptar de buena gana la creación de empleos de amplias bases, al tiempo que se reduce la excesiva desigualdad.

“No puedes ser una buena casa en un barrio que se deteriora a grandes pasos”, me dijo. “La credibilidad y el buen funcionamiento del barrio son de suma importancia. Sin eso, la integridad del sistema capitalista se debilitará incluso más”.

Lawrence Katz, economista de Harvard, agrega que es necesario un poco de desigualdad para crear incentivos en una economía capitalista, pero que “demasiada desigualdad puede dañar la operación eficaz de la economía”. En particular, dice, la desigualdad excesiva puede tener dos consecuencias perversas: en primer lugar, los muy ricos cabildean por favores, contratos y rescates que distorsionan mercados; en segundo, la creciente desigualdad socava la capacidad de los más pobres para invertir en su propia educación.

“Estos factores significan que la alta desigualdad puede generar más desigualdad en altos niveles y, con el tiempo, un pobre crecimiento económico”, destacó Katz.

¿Les suena familiar?

Así que, sí, enfrentamos una amenaza a nuestro sistema capitalista. Sin embargo, no está viniendo de anarquistas medio desnudos que controlan las barricadas en protestas de Ocupación Wall Street. Más bien viene de apologistas con trajes a rayas de un sistema financiero que se desliza sin suficiente disciplina del fracaso y que produce cada vez más desigualdad, rescates bancarios de tipo socialista y ejecutivos que no rinden cuentas.

Es hora de sacar el compadrazgo del capitalismo justo aquí, en casa.

* Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer.

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