Por: Humberto de la Calle

Llegó la hora de… ¿quién?

ES CLARO QUE LA COLECCIÓN DE triunfos recientes ha hecho que Juan Manuel Santos haya tomado una ventaja considerable frente a los demás delfines. Si Uribe no se presenta, un aroma de candidatura rodea a Santos.

Por el otro lado, el alejamiento de Vargas Lleras no le ha hecho bien. No es éste el momento de la ausencia. Claro que su puño de hierro y una organización mejor aceitada, le permitirá algún grado de recuperación. En efecto, las huestes de Santos son más dispersas, menos orgánicas. Pero aún así, Vargas tendría que hacer un gran esfuerzo y contar con muy buena suerte para igualar una carrera en la que se ha venido rezagando.

Pero es indiscutible que por encima de ambos está Uribe, quien acaba de romper el termómetro de la popularidad. No obstante, creo que el trámite del referendo reeleccionista, además de inconveniente, será tortuoso y difícil. La apretada cronología lo convierte en una tarea de romanos llena de vicisitudes indeseables.

Por fin, hay que agregar que hay un cambio en el mapa político. El regreso de Íngrid Betancourt es un nuevo ingrediente que tendrá efectos determinantes. Era previsible que su liberación iría a aumentar su popularidad. Pero la Íngrid que vimos en televisión va más allá de la espuma mediática y el regocijo pasajero. Su madurez espiritual y la ponderación de sus expresiones la convierten en una jugadora de primera categoría.

Ya en el pasado había mostrado audacia y una limpia línea de conducta. Pero de repartir condones a mostrar el camino de la paz, hay un trecho considerable. Se requiere tener un sistema inmunológico espiritual de carácter superlativo para haber alejado, y de qué manera, cualquiera veleidad parecida al síndrome de Estocolmo.

Íngrid ha superado las expectativas y se ha colocado, de una buena vez, en las ligas mayores.

De modo que (la paradoja está en la esencia de la política) el mayor triunfo de Santos encierra también el más grande riesgo para su carrera política. Esa foto exultante en la que abraza a Íngrid, contiene a la vez el germen de su éxito o la premonición de su fracaso, pues Betancourt podría convertirse en su principal rival.

Por fin, falta ver si cuaja la alianza Lucho-PL.

Dos cuestiones adicionales se desprenden de la triunfante liberación de los secuestrados. Sorprende la claridad y la firmeza de convicciones de los militares rescatados. En su primera aparición no hubo un solo reproche ni expresión alguna de amargura.

Por el contrario, todos pronosticaron la victoria sobre las Farc, expresaron una profunda lealtad al Gobierno y a sus jefes inmediatos y no vacilaron en condenar el secuestro y la lucha de los grupos irregulares. Es claro que tienen la moral en alto, como también sus compañeros activos de filas. Éste es un patrimonio invaluable en una guerra tan cruel y prolongada.

Por fin, la circunstancia de haber preservado la vida de los demás guerrilleros puede ser la jugada estratégica de mayor calado hacia el futuro. Todo esfuerzo para limpiar la cara de nuestras fuerzas armadas y de policía se queda pequeño frente a las repercusiones internacionales favorables de este gesto de magnanimidad.

Pero las Farc no están acabadas. Si la lógica imperase en sus filas, debería abrirse un espacio para una negociación razonable. Y aunque produzca cierta repulsa, lo indicado sería tragarse el sapo de un acuerdo político con la guerrilla. Es la hora del triunfo, pero no del triunfalismo.

 

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