Por: Ana María Cano Posada

Llevamos menos diez años…

ESO HACE QUE GARZÓN NO HABLA, no está… Lo fueron, como dirían los camajanes de los años 50 que hablaban un casi lunfardo.

Y diez años de no hacer justicia, de darle vueltas a un crimen tan concreto y efectivo como el de los que inauguró Gaitán (61 ahora y campantes los autores de ese crimen de Estado) y han seguido por la de Galán (ahora 20 e impune otro ídem).

A Garzón, Jaime para los recién llegados a la sintonía, que creen que esta mañana comenzó el mundo, en el amanecer del 13 de agosto del aciago 1999 lo asesinaron como a un perro, camino a su Radionet donde se reunía con El viejito (le decía así a Yamid Amat) y con compañeros con los que hacía ese experimento radial de 24 horas… La gracia es que Jaime está más vivo ahora que nunca, porque a diferencia de lo que planearon con escrúpulo los paramilitares (en su papel de corregidores de lo que suponen ellos es de izquierda) y… algún otro autor que es algún otro descorregido…

Jaime Garzón no dejó de existir ese viernes 13 de absoluta mala suerte para Colombia, su adorado país. Era un soberbio humorista lleno de humor fino, sin chabacanerías ni ese humor urbano machetero que ahora tanto se vende, él hacía humor político del chirriado ala, del que hacían los cachacos cuando eran cachacos y hacían chascarrillos, pero el de Jaime es un humor político sin atenuantes, del que se compromete a decir verdades incómodas de esas insoportables, de esas que el amargo sistema de cosas que nos rige desde que se instauró la República y desde antecitos, desde que los españoles llegaban por aquí con resaca de ron o de selva, o vaya uno a saber si era una resaca de no poder entrar a saco por el resto de las piedras preciosas, incluidas las indias.

Ahora se sabe un poco tarde que la famosa Terraza, una de esas oficinas de vueltas (asesinatos) que funciona en Colombia y que sitúan (por comodidad policial) entre Medellín-Envigado y otros alrededores, ejecutó la orden que para Carlos Castaño fue tan clara: quiten a ese que se atraviesa en los secuestros y que fue alcalde de Sumapaz (muy alegórico) y que también intercede por los “retenidos” que es como aquí los autores llaman al infame secuestro del que somos los primeros especialistas del mundo para nuestro ranking de vergüenzas como sociedad enferma de “nación” que somos.

Además del vidrio abajo en su carro y del madrugón de ese día, dicen los que vieron aquella imagen patética de haber “matado un ruiseñor”, a Jaime Garzón le encontraron una arrastrada bandera colombiana que había dicho que se la echaran encima cuando lo mataran. Tal era su noción de que en este país no se puede “impunemente” ejercer la libertad de prensa y de opinión que tanto pregonan y que ahora parece que ya es un estado de gracia definitivo según los asesores presidenciales.

Jaime había inaugurado sin poses lo que ha sido todo un hábito después: la comedia hecha como un monólogo de pie. No lo olvido en el sobrecogedor teatro Metropolitano de Medellín, sin nada distinto a su micrófono, improvisando un libreto escrito sobre la realidad nacional que pudo hacernos llorar de la risa a los 1.400 espectadores. Y de la tristeza también como ahora cuando la impotencia de no tenerlo con nosotros muestra que matamos a los mejores con alevosía y persistencia.

 

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