Por: Columnista invitado

Llorar sí paga

Si el militar que entrega el arma de dotación es un sargento, además de ponerlo como ejemplo de patriotismo, se le otorga una medalla de latón dorado, tres días de licencia remunerada lejos de los indios e, infaltable, un retrato con el presidente de la República, todo transido éste de patriótico silencio.

Sin importar que las lágrimas vertidas sean de cocodrilo, de físico culillo o de dolorida verdad por la honra y dignidad mancilladas, de este tipo de “héroes” está urgida la patria mediática para vengar la afrenta infligida por, según opinadores cojos, colombianos de quinta que, amparados en su condición de indios, desafían las armas y las leyes.

Pero, ¿símbolo de qué viene a ser el lacrimoso sargento García? ¿De la Nación fragmentada? ¿De una milicia permeada por patologías de variada y nociva procedencia? ¿De un Estado mafioso y cooptado por políticos corruptos, militares incompetentes y una justicia inoperante? ¿Del Puro Centro Democrático y su catecismo exterminador?

Quién sabe, es lo que uno atina a decir cuando le preguntan por el gesto de aquel soldado, cuya aspiración, después del heroico acto de rendir las armas de la República, es la de ser compensado con el ascenso a viceprimero y así culminar su carrera, que para su caso acaba en la de sargento.

Ojalá los hados de la fortuna lo acompañen en esa sacarificada aspiración y no la fatalidad de un consejo de guerra por no oponer resistencia al enemigo, entregar su arma de dotación y proclamar ingenuamente y sin medir las consecuencias, que “la tropa está del lado de los indios”, insurrección (El Tiempo, domingo 22 de julio de 2012).

Para el consumo masivo de la información que despliegan periódicos, revistas, televisión y cadenas radiales, hasta fácil y productivo resulta poner al pobre sargento García como víctima de la “agresión de los indígenas” en un suceso cuya única y sesgada lectura y análisis, el de unos y otras, no deja ver los múltiples perfiles que conforman la fisonomía real del conflicto que hoy confrontan y que nunca, en ningún momento de su larga historia, ha sido provocado ni promovido por las comunidades indígenas.

Decir que los indígenas sirven de apoyo y sustento en sus territorios a la guerrilla y al narcotráfico y que son sus mandaderos en aquellas provincias, es de las peores y perversas tonterías que se pueden inventar para justificar la agresión y la guerra de exterminio en su contra.

¿Acaso narcotraficantes y guerrilla, con el guiño complaciente del Estado, sus instituciones y personeros, no han sido los promotores de la violencia armada y el despojo, el uso indebido de sus territorios ancestrales y la destrucción sistemática de su cultura, quienes han pretendido a sangre y fuego imponer sobre los indígenas del Cauca sus “modelos” económicos y políticos y alterar su convivencia?

Entre tanto, a la cúpula militar y al ministro Pinzón, nacido en los cuarteles pero bisoño en la milicia y su dirección, bien les vendría leerse uno de esos manuales de guerra de guerrillas que la tropa incauta diariamente a los ejércitos sublevados para que, cuando menos, tengan alguna idea de cómo planear sus estrategias y tácticas para combatirlas.

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Cristo García Tapia

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