Por: Pascual Gaviria

Lloviendo y haciendo sol

El gobierno desconfía de la máquina a Diesel que mueve al Estado. Y nadie lo puede negar, tiene sus razones.

En un intento por sacarle el cuerpo a esa “Corporación Mal Gobierno” con la que debe lidiar todo ocupante de la Casa de Nariño, nombra altos consejeros venidos del sector privado: un banquero para tapar los terraplenes rotos por el invierno, un antiguo dueño de supermercados para disminuir la pobreza extrema, un empresario de medios y político frustrado para luchar contra la inseguridad en las ciudades. Hasta ahí no hay mucho que reprochar. Sólo un poco de escepticismo frente a esas oficinas con tres archivadores, una secretaria y un catálogo de buenas intenciones desde donde se mira con recelo a la mole burocrática, que a su vez mira con asco el cubículo de los recién llegados. Pero eso no es todo. Para los diagnósticos de los grandes problemas el Gobierno busca sus consejeros en las ONG. Nadie niega que desde ese ángulo acostumbrado a la crítica se puedan lograr recetas interesantes. Lo peligroso es comenzar a gobernar bajo la lógica de lo no gubernamental. Hace poco un profesor de Oxford soltó una frase exasperada: “A este paso Colombia va a ser el primer país del mundo gobernado por ONG”. Tratar al Estado como una especie de débil mental que necesita el apoyo constante de “asesores externos” puede terminar por convertirlo en una máquina para firmar cheques e imprimir contratos.

Hace unos días se presentó el primer problema con las funciones otorgadas a una ONG. Nuevo Arco Iris fue contratada por el Mininterior para hacer un diagnóstico de riesgos electorales en algunas regiones críticas. El tema no podía ser más delicado: señalamientos oficiales contra candidatos de todos los partidos. Estaba en juego nada más que la imparcialidad electoral del Gobierno y los derechos políticos de muchos ciudadanos. Para nadie es un secreto que la Corporación jugó un papel clave en la política nacional de los últimos años, para ser justos hay que decir que fue un papel valioso. Pero es innegable que sus tareas como ONG tuvieron un claro sesgo político, incluso algo más: un fuerte y declarado activismo contra determinadas formaciones partidistas. Arco Iris no fue un juez en medio de la balanza, fue una más de las partes en contienda, desde una orilla bastante clara, por cierto. Como era lógico el informe terminó siendo un encarte para el Gobierno. La Corporación hacía inferencias más allá de las permitidas a los órganos oficiales. Así que se guardó en un cajón mientras los partidos iban conociendo datos sueltos al ritmo de las filtraciones. Según algunos perspicaces, Cambio Radical, con acciones privilegiadas en el Ministerio de Gobierno, tuvo acceso privilegiado a la tarea de Arco Iris. Es bueno recordar que en Venezuela la política se hace desde la descalificación de los candidatos por parte del partido de Gobierno. Colombia no debe ni rozar semejante escenario. Además, los mismos contratistas utilizaron su encargo pagado por el Estado para hacer divulgación periodística. La Corporación no puede pretender tener juego político, ser un fiscalizador independiente, servir de contratista para el Gobierno de unidad nacional y, además, usar los insumos de sus contratos para hablar en la prensa a nombre de cada socio por separado. Eso es lo que las señoras llaman andar y repicar en la procesión.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Pascual Gaviria