Por: Marcos Peckel

Llueven gases

Una espesa nube amarilla se posó sobre el campo de batalla. Minutos después, los cadáveres de más de cinco mil soldados franceses y argelinos yacían en las trincheras que defendían la ciudad belga de Ypres. Otros diez mil quedaron heridos, la mayoría por el resto de sus vidas, muchos ciegos, otros con afecciones respiratorias.

Era el 22 de abril de 1915. En el fragor de la Primera Guerra Mundial, seis mil barriles que contenían doscientas toneladas de gas de cloro fueron lanzadas por los alemanes sobre las desprotegidas tropas aliadas. Comenzaba una nueva era en la historia de las guerras.

Unos cien mil combatientes murieron durante la Primera Guerra producto de ataques químicos, y más de un millón quedaron afectados de por vida, en lo que fue uno de los trances característicos de la Gran Guerra: el uso masivo por parte de los ejércitos de variados tipos de gases: cloro, fosgeno y el letal gas mostaza, que quemaba la piel de los soldados, protegidos respiratoriamente por las máscaras antigás.

El uso de químicos para eliminar al enemigo ha existido desde siempre. Flechas envenenadas, alquitrán ardiente, gases de arsénico, balas con cianuro y otros. Sin embargo, el horror, la muerte masiva y el sufrimiento permanente de los heridos causados por armas químicas de gran poder durante los años de la Primera Guerra, sumados a su discutible valor militar, llevaron a que su uso fuera proscrito por el Protocolo de Ginebra aprobado por la Liga de las Naciones en 1925.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los estados combatientes cumplieron con el protocolo de no hacer uso de armas químicas en el campo de batalla. Sin embargo, a los gases se les asignó una función más macabra. El Zyclon B desarrollado por la firma alemana IG Farben sirvió para asesinar a millones de judíos y otras minorías en las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau y otra docena de campos de exterminio. La muerte industrializada de inocentes indefensos llegaba en latas de gas.

En los años 80 del siglo pasado volvería a ocurrir el uso masivo de armas químicas en la guerra entre Irán e Irak. En 1992 se aprueba por Naciones Unidas la Convención sobre las Armas Químicas, que prohíbe su producción, almacenaje, transporte, comercialización y uso. Mientras ese documento se negociaba en París, el dictador iraquí Sadam Hussein se ensañaba con su propia población kurda y chiita que se había levantado contra su régimen, lanzando barriles de gas mostaza que aniquilaron a miles.

La guerra en Siria volvió a traer consigo el horror del uso indiscriminado de armas químicas contra la población civil. Con la complicidad pasiva de la comunidad internacional, que no ha hecho nada para impedirlo ni castigarlo, Bashar al Asad ha asesinado a miles de civiles con gases que llueven de los helicópteros de su genocida régimen.

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