Por: Santiago Montenegro

Lluvias, misterios y recuerdos

La llegada de la temporada invernal, con sus aguaceros, truenos y relámpagos, me transporta de regreso a un tiempo con casas de paredes de barro y techos de teja, con angustias de nuevas goteras en las habitaciones o en la sala y con la presencia desagradable de babosas que entran a través de quién sabe qué agujeros y rendijas, y que se arrastran perezosamente en el piso de la cocina.

Me recuerda gritos ante la presencia de un ratón que se acaba de esconder detrás de unas ollas en la cocina, o de murciélagos que acechan los techos de las casas desde los campanarios de la iglesia de Las Mercedes, patrona de mi ciudad. Era un mundo de convivencia diaria con arañas y moscardones, pero también con gatos y gallinas y de afectos sin límites con perros que compartían nuestras vidas, quizás más de lo que lo hacíamos con los mayores, y cuyas muertes llorábamos desconsoladamente. Era un mundo de truenos y relámpagos aterradores, pero también de noches estrelladas y de lunas llenas que se metían en nuestros cuartos. Era, en fin, un mundo en que no estábamos solos, en el que nuestras vidas de niños eran apéndices minúsculos de un todo incomprensible de convivencia, no sólo con los papás, hermanos y parientes, sino con animales y con los elementos de la naturaleza.

Aunque enigmático, era un mundo que tenía un orden, un sentido, un significado. Era un mundo de muchas preguntas con respuestas que, tarde o temprano, conducían a un Dios benevolente que lo llenaba todo y le daba sentido a todo. Era el orden jerárquico de la alta Edad Media, que Dante describe hacia el año 1300 en La divina comedia, donde cada persona, cada animal y cada cosa tenían su lugar asignado y cada desviación de la voluntad de Dios presagiaba un correspondiente castigo en un infierno en compañía de Satán. Era un orden que resquebrajaron, entre otros, un cura de Eisleben, un filósofo de la Turena francesa y otro de Könisberg, cuando en menos de cinco siglos, el lugar omnipotente de ese Dios benevolente, que respondía a todas las preguntas aún antes de ser formuladas, fue tomado por hombres que se sentían capaces de explicar sin asomo de duda cómo era el mundo y darse a sí mismos sus propias leyes. Sin proponérselo, esos sabios y científicos, que creían en el progreso y en la autonomía de los hombres, condujeron primero al ocaso y luego a la muerte de Dios. Es decir, al tiempo que nos dieron infinidad de códigos, leyes, constituciones e impensables progresos materiales, también nos condujeron a una vida sin propósito, sin sentido, sin significado. Quizá esas lluvias, con sus babosas, sus ratones y goteras, pero también con las inundaciones, derrumbes, tragedias y cataclismos de hoy, nos están recordando que nuestras propias vidas son una parábola resumida de la historia de la humanidad. La del tránsito de un mundo mágico y brillante de la infancia a un mundo de inseguridad y aburrimiento, de un mundo donde los mayores tomaban las decisiones a otro donde arrastramos la pesada carga de la responsabilidad individual, de un mundo donde Dios era todo y lo llenaba todo, a un mundo sin propósito, sin significado, lleno de miedo y de ansiedad. Quizá esas mismas lluvias sean un mensaje recóndito de la naturaleza que nos pide no sólo un poco de humildad, sino un esfuerzo por darles un significado más profundo a nuestras vidas.

 

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