Por: Juan David Correa Ulloa

Lo breve

El domingo pasado, el crítico y escritor Luis Fernando Afanador publicó un reportaje en la revista Semana sobre el cuento en Colombia.

La tesis del artículo perseguía explicar por qué en Hispanoamérica, y más aún en nuestro país, las grandes editoriales obviaban uno de los géneros mayores de la literatura, que ha producido genios como Chéjov, Carver o Borges. La explicación pasaba por dos lugares que parecían morderse la cola: de un lado, la inexistencia de revistas que publicaran relatos a la manera de las publicaciones gringas como The New Yorker, que han apoyado —y pagado bien— a cientos de talentosos escritores que han pasado por sus páginas.

De otro, una cierta inclinación editorial española por la novela, que ha sido trasladada —como muchas inclinaciones editoriales por estos días en nuestro país— al estrecho mercado colombiano.

Hace no más de un mes, Juan Carlos Rodríguez, escritor bogotano de 37 años, publicó El viento agitando las cortinas (Mondadori), un libro de tres cuentos que no debe perderse de vista, no sólo por las explicaciones y la defensa del género que hacía Afanador, sino por su capacidad de devolvernos a cierta inocencia de la que carecen muchos cuentos en nuestro medio.

Con esto quiero decir que si bien es cierto que la industria editorial —salvo honrosos casos como el de Conrado Zuluaga, a cargo de una colección en Panamericana— pide novelas y alega que eso es lo que se vende, no es menos cierto que el cuento ha sido tomado por muchos como una especie de laboratorio de pruebas antes de dar el salto a la novela. De ahí la cierta experimentación, los afanes creativos de producir engendros borgianos y una serie de características que hacen que el cuento en Colombia exista para pocos como una manera de expresión propia.

Creo que ese es el caso de Rodríguez. Sus tres relatos largos no quieren ser más que eso. Tienen su propia estructura y funcionan, para el libro, como una especie de bautismo en el género que logra su cometido. La voz del narrador nos convence de que se trata de una voz local, que entrecruza historias de iniciación sexual, de formación en la vida o de simple aburrimiento cotidiano.

El libro se abre con Contra el nudismo, una suerte de declaración de principios sobre los gustos sexuales de su protagonista en cuestión de calzones, bragas o como quiera llamársele a eso que las mamás le dicen “ropa interior”. Aunque al principio diera la impresión de que se trata sólo de una gazmoñería adolescente, pronto el cuento tercia hacia el pasado y nos trae recuerdos de mujeres en una ciudad, de un padre, de una familia, de algunos parques desolados. Es decir, el cuento que parece al comienzo un ejercicio de opinión sobre el mal gusto de las mujeres en Colombia con su ropa íntima, se trastoca en una introspección muy interesante hacia la propia vida del protagonista.

¿Quién se acuerda del capitán Scott? es, a mi modo de ver, el mejor de los tres cuentos. Es un relato de formación que ocurre entre Quito y Bogotá, en el que la vida de un hombre pasa ante el lector como si los años fueran párrafos. Es un relato melancólico sobre el paso del tiempo y los ajustes con el pasado. Y el tercero, Mil veces mal camino, es el más experimental de los tres, pero igualmente logrado: aquí la voz de un hombre solo ante su computador cuenta, a través de mails, su vida amorosa.

Puede ser cierto que el cuento no vaya a ser un género mayoritario —es un decir— como la novela en nuestro país. Pero escritores como Rodríguez le dan un aire a esa especie que parece estar, entre nosotros, en vía de extinción.

El viento agitando las cortinas, Juan Carlos Rodríguez, Mondadori.

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