Por: Mauricio Rubio

Lo bueno del patrón del mal y los tres caínes

Es una lástima que las programadoras se hayan demorado en producir dramatizados de televisión sobre la guerrilla.

 Las series de Escobar y los Castaño suscitaron preguntas y generaron discusiones sobre el conflicto en generaciones que sólo han vivido sus últimos coletazos, y eso es positivo. En un país que lee poco, la divulgación de una memoria histórica de casi veinte volúmenes requiere el complemento de un medio con gran audiencia.

Como estos programas los ve mucha gente que ha vivido el conflicto, tienen que ser creíbles. Ese polo a tierra de la evaluación masiva lo deberían aprovechar los escritos académicos, que en Colombia sólo los filtran grupos reducidos de lectores. Si, como sucede, el limitado auditorio es endogámico, el disentimiento tiende a desaparecer y el debate a empobrecerse, o polarizarse. Un coproducto de los Tres Caínes fue sacar a la luz una cúpula intelectual tan convencida de su versión sobre el origen del paramilitarismo que ya no tolera matices ni variantes. La reacción de buscar censurar la serie fue torpe e inconducente. Hubiera sido preferible una contribución al rigor histórico de los guiones, con críticas concretas a los contenidos en lugar de aspavientos.

Abandonar la rutina para meterse en la vida ordinaria y de familia de criminales es un buen ejercicio. Lo cotidiano del mal enmarcado en un libreto con algo de coherencia ayuda a refrescar, complementar o rectificar ideas, y a contrastarlas con la experiencia. La Memoria Histórica, o las teorías más arraigadas de la violencia colombiana se beneficiarían tratándolas de encajar en buenos guiones. Además de pasiones milenarias como los celos y la venganza, les vendrían bien ingredientes de libreto normalmente menospreciados en los análisis políticos serios. Ambos dramatizados ilustraron con tino que el conflicto colombiano no fue sólo un conjunto de decisiones estratégicas y militares sino también una secuencia de peleas descomunales entre pandilleros mayores que, en una espiral de retaliaciones, buscaban básicamente superar el daño sufrido con la última afrenta.

La necesidad de que el dramatizado sea verosímil es eficaz. Ningún libretista osaría ignorar el sexo, vetar los romances o mezclarle al guión elementos del conflicto de Ruanda, como hacen con facilidad corrientes académicas influyentes. La descripción minuciosa sin afán por tirar línea también da buenos resultados. El Patrón el Mal incorporó ideas claves de la criminología contemporánea mejor que trabajos académicos con rezagos decimonónicos.

Sobre la vida de pareja en el conflicto estas series han sido más coherentes con el grueso de los testimonios y reportes de prensa que la escasa literatura académica al respecto. La hipersexualidad extramarital de los guerreros; las prostitutas y prepagos como parte del paisaje; el éxito de los capos con algunas, tal vez demasiadas, mujeres; los dilemas de pretendientes, novias, esposas, madres y suegras entre ignorar los atropellos, reprobarlos, resignarse o sacarles provecho; el soborno de jóvenes y familias; las elásticas y borrosas fronteras entre galanteo, persuasión, forcejeo, coerción y barbarie; los estallidos de violencia con sus reconciliaciones en parejas establecidas; los rezagos regionales del derecho de pernada o el aborto forzado por un matón que le exige sexo sin ataduras a quien quiere un hijo hicieron parte de los libretos y han sido características del narcotráfico y el paramilitarismo en Colombia. Esa complejidad no encaja en doctrinas simples -como la mujer víctima del guerrero violador- que ya contaminaron hasta la historia oficial del conflicto.

 

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