Por: Fernando Araújo Vélez

Lo escrito era lo cierto

He vivido inmerso en una profunda guerra de secretos, en la que las balas han sido los murmullos, y las espadas, el silencio. He callado por años dos o tres mentiras, y he dicho sí señor, sí señora, muchas más veces de las que hubiera querido. De niño inventé que había salvado a mi equipo de fútbol en el último minuto de un partido trascendental con una mágica atajada, aunque no hubiera tenido equipo de fútbol y jamás hubiera jugado de portero. De adolescente multipliqué la historia de que por defender a una mujer en peligro me habían herido en la pierna con un cuchillo, sólo para decir que había salido con una mujer y que en mi cuerpo llevaba heridas de guerra.

Por años escribí un diario en un idioma que yo mismo creé. Cuando una hermana lo descubrió, le expliqué que esa era una lengua muerta, muy muerta, de mucho antes de Cristo. Recité como míos poemas que no lo eran, y escribí en uno que otro libro imaginadas dedicatorias de sus autores. Así fueron mis balas, balas que jamás daban en un blanco, que pegaban contra un muro, se devolvían, me herían y me llenaban de culpas. Balas de nieve, como en las canciones de Silvio Rodríguez, balas de azúcar. Ingenuas balas que yo disparaba simplemente para que alguien las escuchara, inocentes balas que pretendían contar historias que nunca habían sucedido. Balas de juguete, balas de salva.

Un día le escribí una carta a una prima, una de esas cartas que se escribían antes, con la tinta desparramándose por el papel y la mano temblorosa. Sentí que cada palabra era un sello que jamás se borraría, y que cada frase era una confesión que quedaría plasmada allí hasta la eternidad. Pasadas dos semanas, mi prima me pidió que habláramos. Me invitó a una limonada. Habló con absoluta trascendencia de mi carta, pero yo sólo oía palabras y palabras y sonreía como un tonto, feliz de que la carta hubiera tenido tanto efecto. Le dije sí señora varias veces, sin tener ni idea de a qué le decía que sí, y repasé en mi mente los destinatarios de las decenas de cartas que escribiría desde esa noche.

Escribí cartas y cartas, algunas verdades y varias mentiras. Todo era magia. Mientras escribía, me sentía el dueño del mundo y entre renglones descubría los secretos de las profundas guerras en las que me creía inmerso, y en las que estaba inmerso. Mientras escribía, la carta era lo esencial, lo que importaba, y si una mentira me ayudaba a darle forma a una historia, yo la escribía. Lo escrito era lo cierto. Lo escrito siempre fue lo cierto.

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